Patricio Daquilema ha trabajado como reciclador durante 16 de sus 44 años de vida. En el cantón de Mejía, en el sur de Ecuador, coordina la asociación de recicladores llamada Ecomejía, que cuenta con otros 15 miembros. Daquilema y sus colegas son parte de las decenas de millones de personas en el mundo que se dedican a la recolección, clasificación y procesamiento de residuos —las estimaciones van de entre 20 y 50 millones, pero el cálculo se dificulta por el alto grado de informalidad—, un trabajo que el ecuatoriano dice que es “bien difícil”. “Nosotros acá trabajamos en la lluvia, en el sol, con frío o con calor. Nunca paramos”, cuenta.

La Organización Internacional del Trabajo reconoce el servicio de los recicladores como “empleo verde fundamental para la transición hacia economías sostenibles”, pero se trata de un oficio que enfrenta “discriminación y la falta de reconocimiento”, de acuerdo con la Fundación Avina, una ONG latinoamericana que trabaja por el desarrollo sostenible a través de alianzas público-privadas. Por ello, esta organización ha desarrollado un sistema para que trabajadores como Daquilema puedan ser compensados económicamente por su aporte a la reducción de emisiones y contribución a proteger el medio ambiente.