La belleza esconde a veces una trampa mortal. Deslumbrándonos con la viveza de sus colores, sus brillos de falsa lozanía o la perfección de sus formas, algunos alimentos nos llaman, como crueles sirenas, desde la sección de preparados del supermercado, los escaparates o los menús iluminados de los restaurantes de comida rápida. Ni amarrados a la silla es posible escapar de sus encantos. Sabemos que no cumplirán lo que prometen, que la desilusión llegará con el primer bocado, pero, incluso así, algo instintivo nos impulsa a coger una bandeja y convertirla en tabula rasa.

Una versión de lo que encontramos estos días en locales de comida rápida o pastelerías instagrameables, donde, parodiando a Oscar Wilde, la realidad imita a la publicidad, es Cakes (1963), del pintor estadounidense Wayne Thiebaud. El sentido de la vista se satura ante geometrías perfectas y colores pastel, nos mareamos con la espiral de chocolate, nos enamoramos del corazón naíf y se nubla nuestra capacidad de elección. La luz intensa e irreal remite a lo sobrenatural, como en una versión moderna de un bodegón de Sánchez Cotán.

Pero algo no encaja. La experiencia de comensal informado nos alerta ante el exceso de perfección. Actualmente, es fácil detectar la trampa, pero tiene mérito que los artistas de los años sesenta la percibieran cuando aún era incipiente y le dieran una forma tangible al término comida basura (junk food).