“Mamá, ¿me traes un vaso con zumo?”, pide cómodamente desde el sofá una joven. “No sabía que te habías quebrado las dos piernas”, dispara filosa su madre criticando su pereza.
El sarcasmo es incisivo y exigente. Tensa la ironía hasta su punto ácido, casi siempre para cuestionar o burlar. Comprenderlo requiere poner en juego múltiples conexiones neuronales a la vez y saber adaptarse al contexto por lo que los científicos lo estudian con especial interés en trastornos mentales y neurológicos.
Hasta hace poco, lo que se sabía sobre este tipo de humor mordaz se refería solo a su uso en inglés. Científicos argentinos han publicado recientemente los primeros resultados preliminares en relación con el español, confirmando que su comprensión es un ejercicio exigente para el cerebro. Uno de los objetivos es saber si su incomprensión puede ser un indicador fiable en el diagnóstico de patologías neurológicas y problemas de salud mental. “Creo que dentro de un año podremos dar esa respuesta”, estima Bautista Elizalde Acevedo, uno de los autores del estudio, doctor en Ciencias Biomédicas e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET). Los científicos están trabajando en este estudio con la expectativa de aplicarlo en pacientes con esquizofrenia y que suelen tener problemas para identificar situaciones sarcásticas, expresiones idiomáticas o con prosodia –mensajes cuyo sentido está dado por el tono de voz- entre otras formas del lenguaje pragmático.






