El despacho de Antonio Banderas (Málaga, 65 años) en el teatro del Soho no es especialmente llamativo. De un tamaño medio, sin ostentaciones. Como mucho caben tres personas sentadas. Algún recuerdo, eso sí. Más grande es una sala de reuniones anexa, desde donde se ve al resto de las trabajadoras (ese día, todo mujeres, con las que comerá al final de la mañana) gracias a las paredes de cristal que acotan las oficinas. A la derecha de Banderas, sentado tras el ordenador, la ventana da a una calle estrecha, y a través de las láminas inclinadas de la contraventana se vislumbra a los peatones. Cualquier paseante podría levantar la vista y encontrarse al malagueño. En realidad, Banderas no se esconde de su público. Nunca lo ha hecho. Menos aún en su actual vida en su ciudad natal. Vive frente al teatro romano y la Alcazaba, en el centro. “Hoy he corrido ocho kilómetros por el puerto”, apunta.

El día anterior, Banderas ha almorzado con Robert De Niro en Marbella. “Me dijo que más allá de lo que te parezca o no Megalópolis, él respetaba muchísimo que Coppola se hubiera pagado la película entera [120 millones de dólares, 103 millones de euros]. Vendió parte de sus viñedos para producirla, no endeudó a nadie. Es su dinero”, explica. Inconscientemente o no, el malagueño acaba de trazar un paralelismo con lo que él está haciendo en la ciudad andaluza: ha invertido en restaurantes y otros negocios que le han ido mejor o peor, pero su corazón y sus dineros se los lleva su joya de la corona, este teatro del Soho que alberga la charla.