A Lucía le costó un poco tomar la decisión, pero, al final, lo tuvo claro: no quería ir a la boda de su prima. “Detestaba ponerme en una situación en la que no quería estar, ¡pero me sentía culpable!”. “Sobre todo, me daba miedo que mi presencia generara una situación tensa y que esto afectara de manera negativa a mi familia en general, pero sobre todo a mi prima en un día especial para ella”, reconoce. El motivo: un conflicto con su tío que podría haber estallado en plena celebración. Lucía no fue. Le dio a su prima una excusa, pero ambas sabían cuál era la verdadera razón. “Para mi prima creo que fue un alivio porque sabía lo que pasaba y estaba preocupada. Me sentí muy culpable y un poco cría por no saber afrontarlo de otra manera, pero también responsable por no exponerlos a todos a algo incómodo”.

No todo el mundo tiene el valor que demostró Lucía para superar la presión y rechazar la invitación. Porque ocurre que, cuando alguien recibe un mensaje en el que se le convida a una boda, sobre todo si es de alguien cercano, la respuesta esperada es un “sí” casi automático.

Rechazar la invitación se vive a menudo por parte de los novios o de su familia como una falta de lealtad, una decepción o incluso una traición emocional. Lo habitual es que, aunque no apetezca o no haya una verdadera relación con la pareja, el invitado acabe aceptando. La psicóloga y sexóloga Silvia Sanz, autora del libro Sexamor (Aguilar, 2021), apunta a una razón central de que ocurra esto: “Como seres sociales, tenemos una necesidad profunda de ser aceptados, valorados y evitar conflictos. Ese deseo de pertenencia nos condiciona: aprendemos que hay ciertos gestos que se interpretan como muestras de cariño y compromiso, y asistir a una boda se percibe como uno de ellos”, explica.