Hoy vamos a hablar de la prueba del vestido. Esa prueba que veo cada sábado por la mañana en algún canal de la TDT y que siempre termina con un ‘Sí, quiero’, alguna que otra lágrima de emoción y un brindis con champán. Esa prueba en la que el único chico al que ves es al diseñador o algún dependiente. A veces, con suerte, un amigo o un padre. Pero en esa prueba nunca ves al prometido. Este artículo es un extracto de ‘De Boda’, el boletín de ‘S Moda’ en primera persona sobre cómo se organiza un enlace. Si quieres recibirlo, puedes apuntarte gratis aquí.

“Sabes que no es lo habitual, ¿verdad?”—me dijo la dependienta que nos atendió en la tienda (una de las grandes). Habíamos subido por la escalera de caracol que llevaba a una segunda planta repleta de vestidos blancos. Era elegante, minimalista. Las paredes color nude tenían colgadas imágenes de novias históricas y en las vitrinas brillaba la pedrería de tiaras y gargantillas. Nos acomodamos. Ella y yo, sentadas una a cada lado del escritorio. Mi pareja, de pie a nuestro lado.

—¿Quién es? —me preguntó señalando con la cabeza a mi pareja. —El novio— dije sonriente. Y se hizo un breve e incómodo silencio—¿Lo va a pagar él?—preguntó.

Confieso que la situación me entristeció. Me sentí en un tiempo pasado. Décadas atrás en las que la única explicación para que un hombre fuera con su pareja a elegir el vestido de novia era porque iba a pagarlo. Hay que recordar que hasta 1975 (antes de ayer) las mujeres no tuvieron derecho a abrir una cuenta corriente sin permiso de su marido, padre o tutor.