El amor de estos dos colegas es uno de esos de los que todo el mundo opina, pero que solo entiendes cuando lo tienes delante

Hace una década, fui testiga de un milagro en horario de trabajo. Testiga, sí, en femenino, que una cosa es que una trague con el plural genérico masculino y otra que renuncie a remarcar el hecho de que, entre todos los ojos que tuvieron delante el prodigio, los únicos que se percataron fueron los míos. Al principio, no creía lo que veía. Pero me dobló la fuerza de la evidencia. Ante mis resabiados morros de cincuentona recién divorciada, una mujer joven recién llega...

da al oficio se estaba enamorando día a día de un veterano compañero que podría ser, de largo, su padre mientras él estaba a por uvas. Ni ella era ninguna buscavidas ni él ningún buen partido, más bien al contrario, pero las chispas de los ojos de ella eran inequívocas. Ahí había algo más que admiración para quien supiera verlo, que no era el caso del admirado. Solo más tarde llegó la ocasión propicia. La fusión, sí, de los dos polos. La loca aventura de los comienzos. El estupefaciente noviazgo entre un boomer, boomer y una milenial, milenial. Primero, en secreto, proeza absoluta en un gremio donde el más discreto es pregonero. Después, a jeta descubierta, en una de las salidas del armario más sonadas, que ya es decir, de la casa. Por fin, la convivencia, la rutina, el día a día con sus gozos y sus sombras, y algún susto de muerte a los que solo sobreviven los más fuertes. Un amor, en fin, de esos de los que todo el mundo opina, pero que solo entiendes cuando lo tienes delante. Y ahí siguen, los colegas.