Las milenarias piedras del teatro romano de Mérida todavía ardían por el calor acumulado durante el día cuando Lluís Homar apareció en el escenario. Eran ya las once menos cuarto de la noche, hora oficial de comienzo de las representaciones del festival de teatro clásico que se celebra cada verano en el histórico recinto, donde este miércoles el actor estrenó una adaptación de Memorias de Adriano, una de las cumbres de la novela histórica del siglo XX. Es la obra que dio a Marguerite Yourcenar no solo prestigio literario, sino también fama y éxito popular, pues es uno de los títulos más traducidos y vendidos desde su publicación en 1951. Tanta devoción despierta que ha inspirado numerosas creaciones en diferentes formatos, incluida una ópera de Rufus Wainwright.

Pero la estructura del texto, que se presenta como una carta ficticia del emperador romano Adriano (76-138 d. C.) a su joven sucesor Marco Aurelio, lo hace especialmente apropiado para su adaptación a teatro, pues viene a ser una especie de monólogo interior en el que Adriano repasa su vida mientras reflexiona sobre el poder, la política, el arte, la filosofía, el amor y la muerte. Un torrente de pensamientos, confesiones, frustraciones, deseos y miedos tremendamente goloso para un actor, pero no al alcance de cualquiera. Hacen falta muchas tablas, presencia y dicción para sostenerlo en solitario sin perder la atención del público, además de “horas y horas de memorización”, como confesaba Homar después del estreno.