El llamado Gobierno del cambio llega al tercero de sus cuatro años sin cumplir esa promesa de llevar a Colombia a una nueva y mejor realidad, aunque tampoco ha llevado al país sudamericano a la debacle que predecían los opositores de derecha. Con una resistida agenda de reformas que deja algunos legados, una seguridad que empeora mientras la apuesta por negociar la paz deja procos frutos, y una economía con luces y sombras, Gustavo Petro encara su último año como presidente de un país que llevaba décadas sin elegir a un mandatario de izquierdas. Lo hace sin mayorías claras en el Legislativo, con un apoyo estable de sus bases que rondan el tercio del electorado y sin ceder un ápice en un discurso enardecido y a ratos confuso, con el que ha logrado manejar el arte de poner la agenda pública pero también ha reforzado la incertidumbre.
Los dos meses previos a la conmemoración han estado llenos de sucesos que han sacudido al país. A inicios de junio, el senador opositor y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay fue víctima de un atentado por el que sigue en cuidados intensivos. A fines del mismo mes, este diario reveló que el primer canciller de Petro, Álvaro Leyva, buscó en Estados Unidos la complicidad de Trump para tumbar al presidente, de forma infructuosa. Y ya cerrando julio, un caso judicial contra el expresidente de derechas Álvaro Uribe Vélez, por soborno a testigos judiciales, se selló en primera instancia con una condena en su contra. Esa seguidilla de hechos políticos de primer orden, aunque de diferente índole, marca el tenso ambiente político de un aniversario que suele también ser un pistoletazo de salida para la campaña electoral en un país reconocido por sus ritmos políticos predecibles, que en los últimos 120 años ha elegido en las urnas a todos sus presidentes, con tan solo una excepción en la década de los 50.






