Abro Instagram en el curro para evadirme con las stories de gente maja disfrutando en la playa. Pero me encuentro un asquerosísimo insecto palo gigante, que me negué a publicar en la sección de Ciencia: “Que lo den en la sección Bestias surgidas de la mente de Stephen King durante una fiebre tifoidea”, pensé. También me encuentro un nuevo horror de Gaza que se apila sobre los meses de horror ya conocido: el famélico niño
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afia-simbolo-del-hambre-en-gaza-la-tome-mientras-yo-mismo-pasaba-hambre.html" data-link-track-dtm="">Mohamed Zakariya Ayyoub al Matouq —esas costillas que se pueden contar desde lejos— y su desgracia explicada de maravilla por mi compañera de madrugones Tiziana Trotta. Y la enésima polémica forzada desde Estados Unidos, en este caso sobre un anuncio de vaqueros de la actriz Sydney Sweeney.
La campaña de American Eagle hacía un juego de palabras entre jeans y genes, que se pronuncian muy parecido en inglés. Un chiste de esos que haría tu padre delante de un camarero para humillarte. Sweeney, decía, los tiene muy buenos: “Los jeans/genes se transmiten de padres a hijos, y a menudo determinan rasgos como el color del pelo, la personalidad e incluso el color de los ojos. Mis jeans/genes son azules”. Azules, como sus ojos y sus pantalones, mientras el denim resalta todo lo posible las tetas de la actriz. Soy explícito porque sería ingenuo fingir que la marca (y el machismo) pretende otra cosa. Todo esto en la América de Donald Trump, poca broma, con el supremacismo blanco rampante.






