Sucedió así: la mano apoyada sobre el césped, un pinchazo casi imperceptible y la víbora, enroscada sobre sí misma, lista para defenderse otra vez. Fue en una tarde de finales de agosto lo suficientemente fresca como para que Guzmán López (Burgos, 28 años) saliera a trotar por el parque de Fuentes Blancas, en su ciudad natal. Hizo el recorrido de siempre y a mitad de camino se sentó a descansar debajo de un árbol. Fue ahí cuando la víbora lo mordió. “Al principio dudé de si me había alcanzado a dar o no. Me miré el dedo por un buen un rato hasta notar las dos marcas”, reconstruye el joven diez años después del incidente.

Guzmán hizo lo que muchos harían en estos casos y que es justo lo que no hay que hacer. “En el momento pensé en Frank de la Jungla e intenté chupar el veneno y escupirlo, pero vamos, que no funcionó”. Luego se hizo un torniquete en el dedo y corrió unos quince minutos hasta Urgencias. “Al llegar me lo quitaron y el brazo entero se me puso como una morcilla”. Los médicos le preguntaron si sabía qué tipo de víbora lo había mordido. “Tampoco estaba como para ponerme a analizarla”, les respondió. Luego supo que había sido una hocicuda (Vipera latastei), una de las cinco especies de serpientes venenosas que habitan en la península Ibérica. Al final, el susto fue solo eso, un susto. Guzmán estuvo un par de días en observación y cuando el brazo se desinflamó, lo dejaron volver a casa. Ni siquiera fue necesario inyectarle un suero antiofídico.