Creo que fue a la cuarta vez que mi amigo me preguntó qué tal de vacaciones en Suiza cuando lo bloqueé. Cubrir por primera vez una Eurocopa con este diario en un país extranjero —lo hice del 1 al 28 de julio este verano— es una experiencia fantástica, tan intensa a veces como uno de esos amores de verano que uno disfruta y sufre en la adolescencia, pero que quien está en una playa de las rías Baixas tomando el sol, probablemente con una Estrella Galicia en la mano y unos cuantos kilos de marisco en el estómago, te diga una y otra vez que te lo debes de estar pasando genial de viaje por los Alpes y por todas esas ciudades suizas tan chic, tiene algo de cretinada.
La verdad, todo sea dicho, es que ninguno de los enviados especiales pisamos los Alpes, pero vimos postales impresionantes de ellos desde Lausana, la ciudad en la que la selección española se hospedó durante todo el torneo hasta que el día 27 de julio perdió la final ante Inglaterra en Basilea. La verdad, todo sea dicho también, es que lo pasamos genial. En una cobertura tan larga hay momentos para todo: para desesperarte porque no te vienen ideas sugerentes a la cabeza y empiezas a sufrir el síndrome del impostor, para querer solo tirarte en la cama por un cansancio tan profundo que te cala hasta los huesos y, sobre todo, para disfrutar de dos cosas: de una selección que ha revolucionado la historia del fútbol español en muy pocos años y de una familia, la de los periodistas enviados a la Eurocopa, que te hace estar en Suiza, casi, como si estuvieras en tu propia casa.






