Juana Santiago recuerda perfectamente el día de playa en el que su hija se quedó mirándola fijamente y exclamó: “Pero, mamá, ¡qué barbaridad! ¿Qué es eso?”. El pelo mojado de Santiago dejaba ver unas extrañas manchas en su cuero cabelludo. Su dermatólogo lo tuvo claro nada más verlas: melanoma. Melanoma metastásico. Era 2017 y Santiago, profesora de Finanzas en la Universidad Camilo José Cela, se puso en manos de sus médicos para tratar su cáncer. Las peores noticias llegaron enseguida: el nivolumab, un medicamento que ha salvado cientos de miles de vidas, no funcionaba con ella. El tumor no paraba de extenderse por su cuero cabelludo, pese a una quincena de intervenciones quirúrgicas y un enorme injerto de piel de su brazo. Santiago camina este día de verano por los pasillos del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), en Madrid, y se queda extasiada mirando la anodina portada de una revista científica colgada en la pared. Es el descubrimiento que ha hecho que lleve casi dos años libre de cáncer.
La bióloga Marisol Soengas, jefa del Grupo de Melanoma del CNIO, habla con frustración de los tiempos en los que la gente iba a la playa untada en aceite de zanahoria, sin ningún protector solar. El melanoma era una enfermedad infrecuente, pero la ya vieja moda del bronceado ha hecho que los casos se disparen ahora, sobre todo en las personas de piel clara. La incidencia en España ha subido en dos décadas de 12 a 15 nuevos casos anuales por cada 100.000 personas. La Organización Mundial de la Salud espera unas 100.000 muertes en el planeta en 2040, casi un 70% más que este año. El melanoma es un cáncer que comienza en los melanocitos, las células que producen el pigmento que da color a la piel. “El moreno es una respuesta al daño”, advierte la bióloga, una coruñesa nacida hace 57 años en A Aldea do Monte, una localidad de 25 habitantes en Pontevedra.






