En la década España ha conseguido ponerse a la vanguardia de la OCDE en permisos de paternidad. Ha sido un incremento progresivo pero decidido, y (rareza a celebrar en los tiempos que corren) empujado desde varios puntos del arco parlamentario. En 2018, el PP accedería en negociación con Ciudadanos a extender el permiso de dos a cinco semanas. Y, tras la moción de censura, el PSOE aprobaría un calendario de incrementos paulatinos: ocho semanas en 2019, doce en 2020 y dieciséis en 2021....

Cierto es que los padres en otros lugares tienen sobre el papel más semanas disponibles, pero la particularidad española es que reserva 16 semanas exclusivas para ellos. Esta política obedecía a una doble razón. Por una parte, facilitar el acceso al tiempo con sus recién nacidos a los hombres. Por otra, al hacer las 16 semanas no transferibles, incrementar la igualdad en el mercado laboral igualando los cuidados en el hogar por arriba: la idea (respaldada por evidencia) era y es que la penalización en sus carreras que las mujeres tienden a pagar por la maternidad al menos se reduzca en lo que viene después del parto.

Que España se haya puesto por delante en este frente combinado de igualdad y cuidados no quita para que siga avanzando. Aparentemente, esto es lo que motiva el reciente incremento de los permisos a 17 semanas, además de dos semanas hasta los ocho años y pasar a 32 para familias monomarentales, algo que sitúa al país en la banda alta de Europa.