Tres novelas, pero sobre todo dos íntimamente relacionadas, Vivir abajo y Minimosca, han bastado para convertir a Gustavo Faverón (Lima, 1966) en un novelista fundamental de la última década, tanto en su país como en el conjunto del mapa de la lengua castellana. La conexión de ambos textos no es solo anecdótica, aunque también (a fin de cuentas, comparten algunos personajes), sino una cuestión de ambición y estilo: hablamos de libros torrenciales, digresivos, múltiples, imposibles de resumir, hecho de materiales disgregados que luego, finalmente, son convocados a unirse (come together, podría cantar un escritor que cita a McCartney explícitamente y a Lennon disimuladamente) para que todo tenga, no diré un sentido unívoco, pero desde luego sí un sentido atmosférico o conceptual, una coherencia irrebatible. Lo que viene a continuación son algunas impresiones ligeras en torno a Minimosca, no en vano sería imposible trazar una síntesis convincente del libro en setecientas palabras, pero que quede claro el veredicto: es un librazo. Y uno, además de admirable, muy disfrutable también.

Minimosca está dividido en siete partes, de las cuales al menos cinco podrían ser sin grandes problemas otras tantas novelas autónomas. Todo empieza con un hombre que pierde la memoria tras darse un golpe, pese a lo cual es él mismo quien nos cuenta cómo perdió la memoria, la primera de muchísimas bromas que nos irán llevando a localizaciones diversas, Nueva York, San Francisco, Lima, París, Maine, qué sé yo, y a conocer a toda clase de personajes, a menudo ficticios, puntualmente históricos como Duchamp o César Vallejo, sin que esto último implique que la aproximación del autor sea respetuosa con lo que aproximativamente llamaremos “realidad”.