Si el ladrillo es el material de construcción que caracteriza a la costa levantina, el hormigón lo fue en el litoral occidental de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. En lugar de bloques de apartamentos, allí se construyeron búnkeres y otras estructuras militares. Su geolocalización es un guiño a la belleza, aunque lo fuese de manera circunstancial. Lo que buscaron sus constructores alemanes, que antes fueron ocupadores, fueron ubicaciones estratégicas y no bonitas. El denominado Muro Atlántico era un sistema defensivo costero y discontinuo que mandó construir Adolf Hitler en 1942 para repeler los posibles ataques desde el mar y el aire del bando aliado y que se extendía desde Hendaya, en el País Vasco francés, hasta casi el Círculo Polar Ártico, al norte de Noruega.
Un sueño o una pesadilla de unos 5.000 kilómetros de largo. Una red de unas 8.000 construcciones defensivas en la que había búnkeres, blocao, casamatas, nidos provistos de armamento antiaéreo, estaciones de comunicaciones con radares y bases para alojar submarinos. Estas últimas se encuentran en Burdeos, La Rochelle, Saint-Nazaire, Lorient y Brest. Todas ellas se localizan muy cerca del mar y de ríos. Las hay en el centro de núcleos urbanos (Hendaya), a pie de playa (Anglet, Biarritz, Boucau, Capbreton), en lo alto de un acantilado (Heuqueville) y excavadas en el interior del mismo (Hendaya, Anglet). En el estuario del río Orne, en Normandía, hay varios búnkeres que parecen criaturas marinas varadas en la arena.








