En Israel hay un muro al que llaman barrera de separación con Palestina. Está compuesto por largas paredes de cemento que alcanzan los ocho metros de altura, zanjas y vallas con alambradas. Este muro, que se adentra por zonas en territorio palestino —el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya lo declaró ilegal en 2004—, es el primero que vi en directo. Asomaba a cada rato por la ventanilla del coche en el que me desplazaba por Israel durante un viaje de trabajo. No hay palabras para describir la desolación ante esta infraestructura hecha para separar de manera radical a los humanos de ambos lados.
En los 15 años que han pasado desde aquel viaje no han dejado de levantarse barreras fronterizas. Hay mapas donde se ven esas líneas aquí y allá, el recordatorio del miedo y el odio en los que vivimos. En la península Ibérica no estamos acostumbrados a toparnos con estos bloques, aunque, por supuesto, contamos con vallas terroríficas en Ceuta y en Melilla. Estamos además rodeados por otro muro de agua en el que mueren ahogados cientos de personas cada año. Si en 2020 aprendimos que algunos inmigrantes eran capaces de pasar hasta dos semanas sobre el timón de un carguero para sortear este muro y poder alcanzar Europa, este año hemos sabido del joven que se aventuró a cruzar el Estrecho con aletas y un triste flotador de juguete.






