Tíbet. Pocos topónimos provocan imágenes tan exóticas en la imaginación de un viajero como este de cinco letras. Monasterios de cúpulas doradas perdidos en la inmensidad de unas montañas desnudas, lamas de rojas túnicas entonando cánticos rituales, estupas recortadas sobre un fondo de glaciares y picos nevados, banderas de oración flameando al viento, pastores de yak por las interminables llanuras…. Así era al menos en las páginas de Siete años en el Tibet, de Heinrich Harrer.

Pero cuando aterrizas en el moderno aeropuerto de Lhasa y el taxi te lleva al centro de la ciudad entre bloques y bloques de edificios, modernos malls, fachadas de cristal y acero y barrios enteros tan vanguardistas como vacíos… las lecturas previas se te van al garete. “¿Esto es el Tíbet?“, te preguntas asombrado.

China celebrará este próximo septiembre el 60 aniversario de la creación de la Región Autónoma del Tíbet. Y aquí en Lhasa incluso se rumorea sobre la presencia del presidente del país, Xi Jinping, para darle más lustres a los fastos. Durante esas más de seis décadas de ocupación (la anexión de facto a la República Popular China empezó en 1950), China ha invertido tal cantidad de dinero en infraestructuras y modernización del techo del mundo que, parafraseando a Alfonso Guerra, esto ya no lo conoce “ni la madre que lo parió”. Al menos, tiene muy poco que ver con el Tíbet que visité por primera vez hace ya casi 30 años.