Matar o no matar. Ese era el dilema hace 900 años. En 1120, el papa Inocencio II traspasó una línea roja al autorizar el nacimiento en Jerusalén de la Orden del Temple ante la amenaza a la cristiandad de los musulmanes. Esto suponía que un religioso —ojo, frailes, no monjes— pudiera manchar sus manos de sangre enemiga. “Ante la necesidad se había formulado la idea de una Iglesia militante, en la que sus hijos podían movilizarse con las armas contra los infieles”, explica por teléfono Carlos de Ayala Martínez, catedrático de Historia Medieval de la Universidad Autónoma de Madrid. “Matar no te condenaría porque obedecerías a Dios”.

Esta cuestión había surgido a raíz de la primera Cruzada, en 1095, la campaña militar para recuperar territorios perdidos ante el islam. “Aunque se conquistó Jerusalén en 1099, la situación era muy frágil, se necesitaba un compromiso más fuerte”, añade. Además, había otra frontera en Europa amenazada por el infiel: la península Ibérica. Por eso aquí se crearon sus propias órdenes militares, como la de Calatrava, en 1157, o la de Santiago (1170).

“Antes de estas se asentaron en la Península los templarios, también los caballeros de la Orden del Hospital y, algo menos, la Teutónica”, explica De Ayala, uno de los expertos que han participado el último fin de semana de julio en un curso de claves del románico, titulado Arte y milicia: el legado de las órdenes militares en España (siglos XII-XIII), celebrado en Aguilar de Campoo (Palencia) y organizado por la Fundación Santa María la Real, que invitó a este periódico. Estos cursos, dirigidos por el historiador del arte Pedro Luis Huerta Huerta, han cumplido su 26ª edición y cada año reúnen alumnos en dos convocatorias.