En el siglo XI, La Rioja formaba parte de la amplia zona deshabitada de la Península que servía de frontera entre los reinos cristianos y musulmanes. Era un territorio con muy poca gente y muchos peligros. En 1092, un mercenario cristiano no dudó en arrasar aquellos parajes, pese a que pertenecían al rey Alfonso VI. “Cruelmente y sin misericordia incendió todas aquellas tierras arrasándolas por completo de la manera más dura e impía. Devastó y destruyó toda aquella región, llevando a cabo feroz e inhumano pillaje”, reza la crónica medieval Historia Roderici. Aquel guerrero implacable se llamaba Rodrigo Díaz de Vivar y ha pasado a la historia como el Cid. ¿Cómo es posible que un mercenario despiadado que vendía su espada sin importarle la religión de aquel a quién servía pasase a convertirse en un mito de la cristiandad y acabase reivindicado por el nacional catolicismo del franquismo?
La medievalista Nora Berend (Budapest, 59 años), profesora en el San Catharine College de Cambridge, ha dedicado un libro, El Cid. Vida y leyenda de un mercenario medieval (Crítica, traducción de Beatriz Ruiz Jara), a tratar de explicar el abismo que separa la Historia Roderici —primer relato medieval de las andanzas del Cid, del siglo XII— del famoso poema de Manuel Machado que generaciones de españoles aprendieron de memoria en la escuela —“Por la terrible estepa castellana / al destierro, con doce de los suyos / polvo, sudor y hierro / el Cid cabalga”— y del mito de la Cruzada nacional católica, pasando por el Poema del Mío Cid —un texto sobre el que apenas se tienen datos certeros con el que empieza la literatura castellana—, El Cid de Corneille, que revolucionó el teatro europeo en el siglo XVII, o por la película de 1961 de Anthony Mann con Charlton Heston y Sophia Loren.






