En medio de un cañón a la sombra del monte Sinaí, en el sur de la península homónima de Egipto, el remoto monasterio de Santa Catalina ha permanecido activo desde que, a mediados del siglo VI, el emperador bizantino Justiniano I ordenó su construcción para proteger un templo levantado anteriormente cerca del lugar donde se dice que Dios se apareció a Moisés. Se trata del monasterio cristiano más antiguo del mundo habitado de forma ininterrumpida.

El lugar fue bautizado con el nombre de Santa Catalina en honor a una conversa cristiana del siglo IV cuyas reliquias se cree que yacen en el altar del monasterio, catalogado patrimonio de la humanidad por la Unesco. En su interior viven actualmente una veintena de monjes, y entre sus muros se halla una extraordinaria biblioteca que muchos consideran la segunda más importante del mundo en manuscritos, por detrás solamente de los archivos del Vaticano.

Recientemente, sin embargo, este recóndito monasterio, que desde el siglo XVI forma parte de una archidiócesis ortodoxa griega independiente, ha sufrido un importante revés. A finales de mayo, un tribunal egipcio emitió un veredicto que cerró un litigio de tierras con el Estado que se remontaba a hacía más de una década. Mandó su desalojo de 14 parcelas en disputa y le concedió derechos de usufructo, no de propiedad, sobre las 57 parcelas restantes.