Tal vez nunca desde que las publicó en 1972 tuvieron tanto sentido como hoy las célebres palabras de Calvino sobre el infierno. Recordémoslas: “el infierno de los vivos no es algo por venir; si hay uno, es el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio”.
El indescriptible sufrimiento infligido por el Israel de Netanyahu a los palestinos en la franja de Gaza es sin duda alguna un infierno en la tierra, por mucho que el Ejecutivo israelí trate de ocultarlo impidiendo a los periodistas internacionales reportarlo, y matando a los locales. Por supuesto, en las últimas décadas hubo otros conflictos terribles, con balances de muertos superiores a este, pero las características de este, con un asedio medieval organizado por un Estado supuestamente democrático que mata de hambre a civiles que no pueden huir, son de una crueldad con rasgos únicos. Ante ello, queda aceptar, o esforzarse por reconocer quién y qué no es infierno, y darle espacio.






