Netanyahu siempre ha querido la guerra con Irán, y por fin la tiene. Una guerra en los términos apocalípticos a los que su verborrea bíblica tiene acostumbrados a los israelíes y, desde el genocidio de Gaza, al mundo entero. Le faltaba la entrada directa de EE UU, y la ha conseguido. El mundo hoy está al borde del abismo porque Netanyahu necesita el abismo para sobrevivir políticamente.

Hace 20 años que el primer ministro israelí viene acariciando la guerra con Irán, los que lleva casi en el Gobierno. Entretanto, ha aprovechado para avanzar en el exterminio del pueblo palestino; porque lo de Gaza, ahora se ve más claro, no es una guerra sino un genocidio. Tampoco son una guerra los ataques a países soberanos que se han sucedido en el último año: Líbano, Yemen, Siria. Por eso Netanyahu necesitaba esta guerra ahora. Para su propia supervivencia y en sintonía con la lógica supremacista hoy hegemónica en Israel: una guerra le da un tiempo más en el poder, cercado como está jurídicamente dentro y fuera de su país. Lo que no parece tan evidente es que Trump la necesitara. Y desde luego, no es una guerra por el interés de Israel ni de EE UU.

Trump se equivoca. Como en tantas otras de sus políticas. Pero en esta ocasión no solo por la ilegalidad o la injusticia en que se fundamenta el ataque a Irán, sino porque amenaza los intereses de la clase política y económica que le secunda en la presidencia. En el Partido Republicano, poco proclive a las voces críticas, en esta ocasión han aflorado públicamente las diferencias, pero no ha servido de nada. Trump quería su ataque. La unión de dos líderes irresponsables, Netanyahu y Trump, es un peligro. Han secuestrado a sus países y ahora, en su deriva autoritaria y belicista, están a un paso de llevarse lo que se ponga por delante. A tenor de las tibias respuestas de los dirigentes occidentales, el derecho internacional acabará siendo una reliquia para consumo de una ONU inane.