Hace poco más de un mes, tras presentar una iniciativa de la CUP a las puertas del Parlament de Catalunya, Laia Estrada respondía con ironía a un periodista sobre la estrategia política del partido. “Uy, esto no lo sabemos ni nosotros”, dijo, en tono cómplice y bromista. Aquella respuesta de la hasta ahora líder de la formación antisistema escondía una verdad a medias: Estrada conocía el rumbo de la cúpula. Pero no lo compartía.

La marcha de Estrada del parlamento catalán se anunció el miércoles por “discrepancias políticas”, pero se cocía desde hace meses. La nueva cúpula de la formación, surgida tras un proceso de refundación culminado en octubre de 2024, focaliza su estrategia en obtener un mayor presencia en las instituciones y en la política cotidiana. Y ello obliga a repensar las líneas rojas y romper muros. También pactar. “Queremos tener una mayor influencia para mejorar la calidad de vida de la gente, y a veces son necesarios los pactos”, explican fuentes del secretariado nacional, el órgano de dirección del partido.

Para Estrada, representante del eje más nacional de la CUP, el camino de su formación en el Parlament no es suficientemente “rupturista”, según confirman varias fuentes. Así lo trasladó hace meses a la cúpula. Uno de los desencuentros más visibles, no el único, se dio en abril, cuando la CUP formó parte de la negociación de varias formaciones con el Govern para aprobar en un paquete de medidas de vivienda. Fue la primera vez que los antisistema levantaban el veto al PSC tras el procés y un primer aviso a navegantes del cambio de rumbo.