Se cumplió el plan previsto: los toros de Victoriano del Río son atletas consumados, expertos corredores, y no defraudaron en su 14ª participación en los Sanfermines. Corrieron como si conocieran el trayecto de toda la vida, preocupados de no perder el contacto con sus congéneres, la cabeza gacha y con la esperanza de superar cuanto antes ese trago amargo de la molesta muchedumbre.
Los toros, un año más, hicieron gala de su buena reputación por su nobleza ―siete contusionados, dos ellos en la cabeza, según el primer parte médico―, su conocimiento del medio y su velocidad. De hecho, la carrera batió el récord de este año, y el último toro entró en los corrales cuando el reloj marcaba 2 minutos y 19 segundos.
Después de lo visto, quién sabe si estos toros reciben una preparación de élite; quién sabe si los ganaderos, el sabio Victoriano del Río y sus hijos Pablo y Ricardo, amenizarán los entrenamientos en la dehesa de Guadalix de la Sierra con imágenes sonoras de los encierros sanfermineros para que los animales se sientan en las calles de Pamplona como en su propia casa. Pero algo de eso habrá en el secreto del campo madrileño.
Lo cierto es que los animales barruntaban algo minutos antes de las ocho, y se movían nerviosos, quizá adivinando lo que les esperaba tras la puerta de los Corrales de Santo Domingo.






