Quienes nos convertimos en ciudadanos después de 1986 ni siquiera tenemos el amargo consuelo de haber dicho que ‘no a la OTAN’. No hemos sido nunca preguntados sobre nuestra opinión acerca de la pertenencia de España a esta organización internacional. En estos días en los que vemos a Rutte hacerle la pelota de un modo descarado y vergonzoso a Donald Trump nos preguntamos qué hacemos ahí. ¿Por qué formamos parte de una entidad que parece estar al servicio de los intereses de Estados Unidos más que del resto de Estados?

Me dirán los entendidos en la materia que qué barbaridad estoy pronunciando, que si no me doy cuenta de la importancia estratégica que tiene pertenecer a una alianza clave desde el punto de vista de la seguridad. La lógica militarista lleva tiempo imponiéndose, ridiculizando cualquier visión crítica con el belicismo tachándola de naíf. Quienes no creemos que las armas puedan ser en ningún caso la solución a los conflictos, somos a menudo caricaturizados y presentados como ingenuos que no entienden el funcionamiento del mundo.

Lo cierto es que analizado fríamente la lógica de la fuerza, la violencia y la destrucción es de todo menos lógica. No tiene ningún sentido pretender solucionar las disputas mediante el uso de las armas. No hay más que mirar a Gaza, a Irán, a Ucrania, a los escombros de guerras pasadas. Pero es que además, en lo que se refiere a la exigencia de Donald Trump de subir el gasto en defensa hasta 5 %, el objetivo, lo vemos hasta los que somos de letras, no es precisamente la seguridad y la defensa, sino aumentar los ingresos del complejo industrial-militar, algunos de cuyos jefes son cercanos al presidente de EE UU. ¿Por qué el 5 % y no el 4 o el 7 o el 20? Es una cifra que se saca de la manga y que no tiene nada que ver con ninguna estrategia clara. El objetivo no es que gastemos más, sino que le compremos más armamento.