Hideo Kojima es un genio. Mejor dicho, es el genio de este mundillo. Es el ejemplo de creador de videojuegos respetado, triunfal, con una obra que le acredita como poseedor de un lugar en la historia y, además, con el suficiente nombre propio como para embarcarse por sí solo en esa aventura que es desarrollar videojuegos. En esta columna, que se despide hasta septiembre, hablaremos de él y de por qué su último juego, Death Stranding 2, es una dolorosa decepción.

Kojima, a quien debemos los geniales Metal Gear y su empeño por revolucionar sin medida no solo las mecánicas sino los marcos narrativos en los que se movía el videojuego como artefacto creativo, nos deslumbró con Death Stranding en 2019; un juego libérrimo con todos los elementos necesarios para no gustarle a nadie y que, sin embargo, triunfó. El juego, además, acudía puntual a su cita con las dotes proféticas de Kojima, que si en 2002 prefiguró con Metal Gear Solid 2 el mundo de las fake news en el que vivimos (chiste político: y en el que el malo final resultaba ser el presidente del Gobierno), con Death Stranding entregaba una obra que trataba de un repartidor que debía llevar insumos a gentes encerradas en refugios, aterradas y desconectadas por un mal invisible que asola el exterior. La concomitancia del juego con la pandemia no pasó desapercibida para nadie.