Llegó un momento en que el volumen del griterío era tal que resultaba imposible discernir qué estaba diciendo Pedro Sánchez. Apaleado por la oposición, con el Congreso convertido en una caldera explosiva y sus socios de Gobierno poniendo tierra de por medio -los ministros de Sumar que no tenían preguntas, entre ellos la vicepresidenta Yolanda Díaz, se ausentaron del banco azul en la sesión de control de este miércoles-, el presidente hasta patinó con un desliz y se le escapó la afirmación de que el PSOE tiene “tolerancia absoluta con la corrupción”. Sánchez se aferró al y tú más contra el PP como línea de defensa casi exclusiva. Hasta acabar estallando de cólera.

Lo llamativo fue que la reacción más airada del presidente no se desencadenó ante Alberto Núñez Feijóo, que lo había tildado de “lobo que lidera una manada corrupta”. Ni siquiera ante Santiago Abascal, que había acabado su intervención llamándole “corrupto y traidor”. Fue ante Gabriel Rufián, hasta ayer tan sólido defensor del Gobierno que el PP se burlaba de sus “masajes” a Sánchez. El portavoz de ERC lo conminó con un tono casi de fiscal: “Jure y perjure que esto no es la Gürtel del PSOE”. Y Sánchez se encaró con él destapando una vena iracunda pocas veces vista.