Entre las localidades de Don Torcuato y San Isidro, ambas en la provincia de Buenos Aires, hay 11 kilómetros de distancia. En la primera nació y se crio Juan Román Riquelme, hijo de la marginalidad, actual presidente de Boca. En la segunda, cuna de la élite social y económica argentina, construyó su red de vida Mauricio Macri, expresidente de la Nación, también de la institución xeneize.

Cuando estaba en las divisiones juveniles, Argentinos obligaba a Riquelme a realizar las cuatro comidas en el club. Pero el jugador se negaba a comer. “No puedo comer sabiendo que mis hermanos no lo hacen”, respondía. Macri, por su parte, cuando ejercía de canterano en las empresas de su fallecido padre Franco —dueño del Grupo Macri-SOCMA, dedicado esencialmente a la obra pública y a grandes concesiones de servicios—, se dejó el bigote para intentar ganarse el respeto de los empleados de la compañía. Entre Riquelme y Macri hay mucho más que 11 kilómetros de distancia: hay un océano que representa a las dos Argentinas. En el medio de ambos, sin embargo, está Boca, mucho más que un club de fútbol.

En diciembre de 2023, Riquelme se enfrentó a Macri en las elecciones de Boca. El expresidente de la Nación intentó jugar un papel secundario, dejando a Andrés Ibarra como cabeza de fórmula. Incluso Javier Milei, por entonces en la cima de su popularidad tras haber llegado a la Casa Rosada una semana antes, quiso intervenir en los comicios del club más popular de Argentina. “En la vida hay que ser leal. Si Macri tuvo un gesto desinteresado para ayudarme a mí, ¿cómo no voy a ir yo a ayudarlo?”, declaró Milei, la apuesta del establishment, mismo círculo que apoyó y al que pertenece Macri.