Carlos Alcaraz ya revolotea sobre el césped de Queen’s, soltando los primeros raquetazos y maniobrando sobre esas dos ruedas que no entienden de superficies. Poco importa que sea dura, tierra o hierba; lo mismo, seguramente, si fuera gravilla, moqueta o incluso hielo. Da igual. Viene demostrando el murciano de lejos su adaptabilidad y, pese a que hace poco más de una semana estuviera peloteando y triunfando sobre arcilla, inolvidable lo de ese histórico 8 de junio, demuestra otra vez su maestría para la transición. De entrada, un triunfo contra Adam Walton: 6-4 y 7-6(4), en 1h 42m. De nuevo el verde y otra vez Queen’s, el mismo punto de partida escogido las dos últimas temporadas y donde ya inscribió su nombre en el palmarés.

Fue hace dos años, en la antesala de su primer éxito en Wimbledon. Entonces exhibió su tarjeta de presentación y atrapó su primer título sobre césped a base de instinto. Se torció la línea el curso posterior, cuando fue superado por Jack Draper en los octavos, pero el desenlace de la gira fue igualmente por todo lo alto. A esos reflejos, ese dinamismo y esos tiros que le vienen de serie añadió la interiorización de una serie de fundamentos elementales que perfilan a un competidor total, capaz de acelerar y naturalizar como ninguno el salto de un terreno a otro. Tan pronto está deslizándose y maquinando desde el fondo en París como dando el paso corto, flexionando la rodilla y atacando con decisión la red de Londres.