Cae el sol, pero el sonido de las palas no para. Los dos chavales persiguen la pelota blanca que bota en la mesa de pimpón, aunque ya sea casi invisible. No muy lejos, un grupo de cuatro jóvenes pela la pava sentados en un banco de madera, en la misma plaza de asfalto que los del tenis de mesa. Desde una ventana, se cuelan los gritos de una madre que le pide a su hija que no vuelva tarde. De fondo, retumban los patios de un montón de colegios públicos levantados en fila, uno al lado de otro, en una competición por ver quién acaba más tarde la fiesta de final de curso.
Es sábado, ya casi de noche, en el barrio de La Verneda de Barcelona, que ahora algunos llaman también Sant Martí de Provençals. Suena más cool, pero allí todavía no ha llegado el café de autor a tres euros, ni los brunchs con todo tipo de manjares, menos unas tostadas y un cortado estándar. Casi cuesta encontrar un menú vegetariano o un cartel en inglés. “Y que dure”, bromean los residentes de una periferia habitada por sus vecinos.
Viven ajenos a la protesta contra el turismo que solo unas horas más tarde caminará por la Barcelona de souvenirs y boutiques, donde se alquilan habitaciones por 900 euros. Apenas 600 personas recorren el centro al grito de “el turismo nos roba el pan, el techo y el futuro”. Son pocos, pero ya le han cogido el truco: con unas pistolas de agua (de esas que se tiran a la basura en cuanto los niños se despistan), unos botes de humo de colores, y algún petardo tienen suficiente. Bufar i fer ampolles, o coser y cantar, en castellano: nunca se necesitó menos para triunfar más.







