Johann Sebastian Bach no fue feliz en Leipzig, o al menos así parece colegirse de una carta que escribió en 1730 a un amigo cercano de la adolescencia (la única de carácter estrictamente personal que conservamos del compositor), en la que le pedía sin ambages que intercediera para conseguirle un puesto de trabajo en otro lugar. La suerte de exilio interior en el que decidió recluirse en sus últimos años, sin apenas dedicarse a la música religiosa, su principal ocupación nada más trasladarse a la ciudad sajona en 1723, abunda en esta misma percepción. Los lipsienses, sin embargo, sí que son felices recordándolo intensivamente año tras año con un gran festival que tiene sus orígenes a comienzos del siglo pasado y cuya organización se confió desde 1999 al Bach-Archiv, el centro de investigación sobre su música más prestigioso del mundo, fundado en 1950, el año en que se conmemoró el segundo centenario de la muerte del músico, que vio nacer también el primer catálogo sistemático de sus obras, compilado por Wolfgang Schmieder, donde cada obra tiene asignado un número que, precedido del acrónimo BWV (de Bach-Werke-Verzeichnis), sigue siendo el utilizado en la actualidad.

Hasta Leipzig peregrinan literalmente por estas fechas desde todo el planeta (de Estados Unidos a Francia, de Italia a Japón, de Australia a España: los idiomas que se escuchan entre el público antes y después de los conciertos así lo corroboran) centenares de personas para poder escuchar la música de su compositor más admirado, el más grande que ha dado Occidente, en los mismos escenarios y por las mismas calles donde trabajó y paseó el autor de la Misa en Si menor. De ahí que el cerebro gris del festival, el musicólogo Michael Maul, eligiera para la edición de 2020 (que luego hubo que posponer a 2022) el lema “BACH – We are FAMILY”, que hacía referencia a una hermandad universal de intérpretes y oyentes que, al margen de credos, conviven aquí año tras año venerando todos al mismo dios.