Desde muy pronto, Christoph Wolff decidió ligar su destino a Johann Sebastian Bach, que no es mal compañero de viaje. Su tesis doctoral, El stile antico en la música de Johann Sebastian Bach, publicada en forma de libro en Wiesbaden en 1968, sigue siendo un texto imprescindible, por más que la investigación bachiana haya dado un salto de gigante en el último medio siglo, a pesar de que siga habiendo grandes zonas de sombra que parecen refractarias a la luz. Desde entonces no ha dejado prácticamente de escribir sobre el compositor: la exhaustiva bibliografía bachiana que compila rigurosamente Yo Tomita en la Universidad de Belfast contiene nada menos que 554 entradas con su autoría, la penúltima el artículo con que se abre el recién publicado Bach-Jahrbuch 2024, el anuario que recibimos puntualmente en primavera los socios de la Neue Bachgesellschaft, titulado ¿Qué sabemos sobre la soprano Anna Magdalena Bach? Su interés no se agota en Bach, sino que se amplía también a su circunstancia.

El nombre de Wolff, junto con los de Christine Blanken y Peter Wollny, figura asimismo como coeditor en la tercera edición del Bach-Werke-Verzeichnis (2022), el catálogo del que se toman los números de las ubicuas siglas BWV que acompañan a las obras de Bach, aunque él propuso a partir de 1985, con Hans-Joachim Schulze, otro “repertorio analítico-bibliográfico” alternativo, el Bach-Compendium, quizá más lógico y sistemático, pero que no ha logrado desbancar al ya muy consolidado anterior, que vio la luz en 1950. Es también editor de multitud de obras de Bach y accedió por primera vez al gran público con su biografía Johann Sebastian Bach. The Learned Musician, cuya única mácula es un tramo final algo apresurado, quizá porque tenía que estar terminada a tiempo para su publicación en 2000, uno de esos años redondos con efeméride bachiana incorporada. Finalista del Premio Pulitzer, este libro imprescindible fue devastado entre nosotros por una pésima traducción. Bach ha sido incluso la causa del distanciamiento de Wolff, catedrático durante décadas en Harvard, de quien fuera uno de sus amigos más cercanos, Joshua Rifkin, también residente en Cambridge (Massachusetts) y otro sabio bachiano, aunque su inmensa erudición se ha plasmado únicamente en artículos académicos y jamás en un libro. Su tesis de que las obras vocales de Bach no se interpretaron en su día con lo que hoy entendemos por un coro (varios cantantes por voz) fue acerbamente contestada por intérpretes como Ton Koopman, respaldado rápidamente por Wolff (autor de las notas al programa de su integral de las cantatas para el sello Erato). Y la disputa académica, con lecturas antagónicas de idénticos documentos, acabó por instalarse también en sus vidas privadas.