La lluvia golpeaba Madrid con rabia y el Retiro temblaba bajo el peso de un cielo plomizo. Adentro, en el Foro Iberoamericano de la 84ª Feria del Libro, otra clase de cataclismo tenía lugar: la celebración de los 50 años del infrarrealismo, el movimiento poético que nació en México para volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial, del que se cumplen justo 50 años y del que ayer se organizó su primera celebración oficial.
Un tal Roberto Bolaño creó el grupo, siempre con Mario Santiago al lado. Eran pocos. Eran poetas jóvenes, pobres, radicales, enloquecidos, que rechazaba las formas del canon (que en aquel México tomaba la forma de Octavio Paz, de Carlos Fuentes) y se volcaba en una escritura visceral, callejera, profundamente libre. “No surgimos de las universidades, sino de las calles, de los bares, de las caminatas, del temblor de una ciudad viva”, recordó, recién llegado de París, Jorge Hernández o, como le inmortalizó Bolaño en Los detectives salvajes, Piel Divina. “Queríamos dar otra palabra a la poesía. Una palabra del palpitar, de la gente que vende periódicos, que no tiene cabida en la poesía académica. Queríamos dar la antipalabra”, susurró, con su cadencia de bolero.






