En el tablero geoestratégico, el viento no sopla a favor de Ucrania. El presidente estadounidense, Donald Trump, deseoso de impulsar sus relaciones con Rusia, intenta desentenderse de una guerra que le resulta cara, molesta y difícil de comprender; los países europeos, a su vez, lastrados por sus problemas internos y faltos de unanimidad, necesitan tiempo para sustituir la ayuda estadounidense y para organizarse en la producción y transferencia de armamento y el adiestramiento de personal en Ucrania, lo que llevará varios años como mínimo. De momento, tanto entre norteamericanos como entre europeos se observa una tendencia a ganar tiempo, a tratar de autoconvencerse de que Rusia tal vez haga concesiones y su guerra contra Ucrania se transforme en un conflicto congelado.
Sin embargo, las dos rondas de negociaciones rusoucranias en Estambul han demostrado que Moscú no planea rebajar sus exigencias, que equivalen a una capitulación de Kiev. A juzgar por el memorándum entregado por Moscú a sus interlocutores ucranios, los rusos no renuncian ni a ocupar territorios que ahora mismo no controlan (pero que Rusia ya incluyó en su Constitución), ni cejan en su objetivo de dejar a Ucrania desmilitarizada, sola e indefensa. Incluso aspiran a dictarle su política interna respecto a la lengua, la religión y la convocatoria de elecciones.






