Sin ser costa, aun teniendo la playa más cercana a unos 20 kilómetros, la conexión entre Jerez de la Frontera (Cádiz) y el mar es tan histórica como su relación con el vino. Empezando por la tierra de la que brotan sus vides, llamada albariza, que está principalmente compuesta por carbonato cálcico (un tipo de sal marina), arcilla y fósiles marinos. En González Byass, la principal productora vitivinícola jerezana, se han encargado de estrechar aún más esta relación recuperando una práctica centenaria: los vinos de “ida y vuelta”, que se producen embarcando botas (cubas para guardar vino) en largas expediciones transoceánicas para que el líquido obtenga unas características únicas.

Tanto las primeras expediciones hacia el Nuevo Mundo como las tentativas de circunnavegar la Tierra, al menos las que partían de España, llevaban a bordo más vino que agua, armas e incluso comida. González Byass conserva como oro en paño en su archivo privado. Como explica Jesús Anguita (Jerez, 42 años), “guardián” e investigador de estos documentos y gerente de la Fundación González Byass, “el Archivo General de Indias recoge en varios inventarios las provisiones que surtían las expediciones de Magallanes y Elcano para dar la vuelta al mundo. Gastaron unos 561.000 maravedíes en armas y cerca de 590.000 en vinos de Jerez”. El vino fue para la tripulación de estos barcos un verdadero salvavidas, ya que era a partes iguales alimento y fuente de hidratación que sustituía al agua dulce, que se puede pudrir fácilmente a bordo.