Cuando los historiadores del futuro estudien y clasifiquen por épocas la figura de Donald Trump es muy posible que entre ellas destaquen “la era de Elon Musk”. Y los historiadores lo saben: rara vez las épocas terminan tan limpia, pública y violentamente como se clausuró el jueves pasado la del bromance, palabra que en inglés describe una amistad especial entre hombres, que unió los destinos del presidente de Estados Unidos y el hombre más rico del mundo, a los que les bastaron unas pocas horas y un puñado de mensajes cruzados desde las redes sociales de las que cada cual es propietario (Truth y X) para poner fin ante una audiencia planetaria a su idilio, menos de un año después de oficializarse.

La discusión que condujo a la ruptura fue a cuenta de una ley fiscal republicana —“grande y hermosa”, la bautizó Trump, su gran impulsor—. Está tramitándose en el Capitolio, es esencial en la agenda legislativa del presidente y propone recortes de impuestos y de la cobertura sanitaria de casi 11 millones de personas, así como un aumento del déficit público en, según cálculos oficiales, 2,4 billones de dólares. Por ese motivo, Musk la considera “una abominación repugnante”, como dejó claro este martes en X. Y tiene sentido que así sea. Hasta la semana pasada, el empresario estaba encargado por Trump de todo lo contrario: adelgazar la Administración estadounidense al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), puesto del que se despidió cuando agotó el límite legal de 130 días para ejercer como empleado especial del Gobierno.