En las noches de la Amazonía ecuatoriana, enormes llamas iluminan la oscuridad de manera perenne. Es el fuego de los mecheros, grandes antorchas que queman gas en los pozos petroleros y que, lejos de representar progreso, son cicatrices vivientes en el pulmón verde del mundo. Estas estructuras no solo queman gas natural en un acto innecesario de despilfarro de un recurso no renovable, sino que contaminan el aire, destruyen la biodiversidad y ponen en riesgo la vida y los derechos de las comunidades que habitan cerca. Aquí, desde hace más de 57 años, la justicia ambiental es un sueño distante y los derechos humanos son quemados junto con el gas.

El extractivismo petrolero, desde la exploración hasta la explotación, afecta severamente a la biodiversidad y genera impactos que socavan el derecho a la vida digna, la salud y un medio ambiente limpio y saludable. La quema de gas en mecheros, en particular, se ha convertido en un símbolo de injusticia, pues el mantenerlos operando agrava la crisis climática global, al contribuir con emisiones significativas de gases de efecto invernadero como el metano, un supercontaminante, cuyo efecto de calentamiento de la atmósfera es más potente que el del CO₂. La persistencia de una práctica tan perniciosa e innecesaria perpetúa un modelo económico dependiente de los combustibles fósiles.