Colectivos y organizaciones indígenas de la Amazonía, afectadas por las operaciones de empresas petroleras en Ecuador, denuncian represión por parte del Gobierno de Daniel Noboa

A los 14 años llegué con mi familia a la Amazonía ecuatoriana. Fuimos con el sueño de encontrar un lugar con futuro, pero nos encontramos con una selva herida. Ríos cubiertos de petróleo, niños y niñas enfermas, mujeres con la piel quemada por los tóxicos. La empresa transnacional estadounidense Texaco —hoy Chevron— había estado ahí antes que nosotros, saqueando el suelo, envenenando el agua y expulsando a quienes habitaban y cuidaban el territorio. Yo aún no lo sabía, pero ese día comenzó la lucha más importante de mi vida: la de impedir que el corazón de la tierra deje de latir.

Hoy escribo desde el edificio de Naciones Unidas en Ginebra, donde los pueblos del mundo nos jugamos la posibilidad de lograr un tratado vinculante que regule a las empresas transnacionales y ponga fin a su impunidad. Desde hace más de una década empujamos este proceso, porque aún existe un vacío legal a nivel global que les permite, en su búsqueda insaciable de beneficio, violar derechos y destruir territorios sin consecuencias. Conozco muy bien las huellas de destrucción que dejan a su paso estas empresas en el Sur Global.