La actividad minera resurge en Europa después de 40 años de declive. La aprobación el año pasado de la Critical Raw Materials Act, un reglamento que fija unos ambiciosos objetivos de extracción (10%), procesado (40%) y reciclaje (25%) de materias primas críticas en territorio europeo, y la publicación este año de los primeros 47 proyectos estratégicos seleccionados —siete en España— auguran un impulso frenético de esta industria. ¿Pero es viable su desarrollo en términos socioeconómicos y medioambientales?

Todos los productos y servicios que están a disposición del consumidor —el móvil, el coche eléctrico, el tren, los paneles solares, los aerogeneradores, la electricidad, los tejados, los fertilizantes, por citar algunos— contienen algún metal. Se trata de litio, níquel, cobalto, cobre, grafito, aluminio…, y se denominan críticos por su actual relevancia en el cambio de modelo energético —de combustibles fósiles a renovables— y productivo europeo. Pero no solo. También son claves en la digitalización y, desde la invasión rusa en Ucrania, para garantizar la seguridad y la autonomía de los Veintisiete.

El problema es que la Unión Europea consume el 20% de ellas, pero solo produce el 6%, y depende de China para su abastecimiento. Además, se calcula que la extracción global de recursos se duplicará entre 2017 y 2060 por el aumento de la población (28%) y el alza de su uso por habitante (72%), según recoge el Plan de acción sobre materias primas minerales 2025-2029 presentado en marzo (y aún en tramitación) por el Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico (Miteco). Un crecimiento del 96% de metales y del 170% de rocas y minerales. En total, según este documento, se necesitarán 3.000 millones de toneladas de minerales y metales para la transición y lograr que la temperatura global no supere los 2 °C. Unos 1.500 millones de toneladas menos de las que se requerirían de seguir con las fuentes fósiles, resaltan.