Un estudio identifica la expansión y reapertura de 366 minas y advierte de los impactos sociales y ambientales en la mayoría de los casos

La batalla por reabrir la mina de Aznalcóllar, en Sevilla, no es una excepción. Cerrada desde 1998, cuando la rotura de su balsa de residuos vertió toneladas de lodos tóxicos en los ríos Agrio y Guadiamar, la explotación volvió al centro del debate el verano pasado, con el inicio de una fase de preapertura que se prolongará durante tres años. El caso andaluz forma parte de una tendencia global: la expansión o reapertura de minas ya existentes para responder a la creciente demanda de minerales. Así lo señala un estudio publicado este jueves en la revista One Earth. La investigación identifica 366 minas en todo el mundo que están siendo ampliadas o reactivadas, principalmente de cobre, oro y mineral de hierro. Según la investigación, el 78% supera varios umbrales de alto riesgo social y ambiental.

El auge de las energías renovables, el transporte, la infraestructura digital y la industria de defensa ha disparado la demanda mundial de minerales, que crece más rápido que la oferta. Sin embargo, la apertura de nuevas minas avanza muy lentamente. El resultado es un modelo basado, cada vez más, en intensificar la extracción en yacimientos ya conocidos o en reabrir explotaciones clausuradas, lo que se llama brownfield (campo arado). El estudio considera como tales aquellas que comenzaron a operar antes de 2005 y que han recibido inversión de capital en la categoría de expansión física, extensión de la vida útil de la mina, reapertura tras una suspensión, desarrollo de una nueva zona u optimización.