Con la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia de Colombia, el avance del fundamentalismo religioso en el poder público amenaza la laicidad del Estado. Cuando la gestión gubernamental se disfraza de apostolado, la contienda democrática degenera en una peligrosa cruzada moral entre supuestos patriotas y enemigos de la fe. Frente a esta ofensiva confesional, defender la separación entre Iglesia y Estado resulta indispensable para garantizar la pluralidad, la tolerancia y la igualdad de derechos en el país.

De la Espriella logró el poder con su movimiento Defensores de la Patria y ya reorganiza el panorama de la derecha colombiana.

Los símbolos religiosos marcaron el acto de la posesión presidencial en la Arena USC, en Cali.