"Canadá es el más europeo de los países no europeos". Con estas palabras, Mark Carney, primer ministro canadiense, resumió a la perfección hace unos meses el giro que está tomando la política comercial de su país. Esta semana tiene previsto llevar la relación con Bruselas a un nuevo nivel al asistir, como invitado de honor, al discurso sobre el Estado de la Unión de Ursula von der Leyen y, posteriormente, hablar ante los eurodiputados.El momento no es casual. Canadá y Estados Unidos, dos economías profundamente integradas después de décadas de libre comercio, atraviesan su mayor crisis comercial en generaciones. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Washington ha utilizado los aranceles como principal instrumento de presión sobre Ottawa. Las amenazas, aplazamientos y nuevas rondas de negociaciones han dado paso finalmente a una guerra comercial abierta.
En agosto, Carney respondió con nuevas represalias que entraron en vigor el 8 de septiembre. La disputa amenaza además con alterar el futuro del T-MEC, el acuerdo que durante años ha servido de columna vertebral para las cadenas industriales de Norteamérica.
La consecuencia es que Ottawa está acelerando una estrategia que ya estaba en marcha: reducir su dependencia de Estados Unidos y diversificar comercio, inversión y cadenas de suministro. La UE aparece como el socio natural, el segundo mayor socio comercial de Canadá.













