Poco despu�s de que Canad� y Estados Unidos se vieran envueltos en la peor guerra comercial bilateral de su historia moderna, los tel�fonos seguros de los principales l�deres europeos se iluminaron con una llamada transatl�ntica. Mark Carney presionaba para llevar la relaci�n de Canad� con la UE a un nuevo nivel: una audaz maniobra para recablear los cimientos econ�micos de la alianza occidental.Durante meses, el primer ministro canadiense hab�a mantenido conversaciones privadas con pr�cticamente todos los grandes mandatarios europeos —desde Francia e Italia hasta Alemania y Escandinavia, e incluso con miembros de la realeza menos conocidos del continente— sobre c�mo integrar de forma m�s profunda a Canad� y a sus 41 millones de habitantes en el club de los 27.Ahora, Carney aceleraba el viraje de Canad� hacia Europa, orquestando un matrimonio de conveniencia a marchas forzadas para mitigar el dolor de su divorcio con Estados Unidos. En la pr�ctica, la amenaza de convertir a Canad� en el estado n�mero 51 est� empujando al vecino del norte de EEUU tan cerca de Europa que algunos mandatarios han comenzado a apodarlo, medio en broma, el miembro m�s reciente de la UE.Carney ha ordenado a su enviado especial a Europa que explore las opciones m�s ambiciosas posibles sin llegar a la adhesi�n plena a la UE ni a su mercado com�n, seg�n fuentes conocedoras del asunto. Los grupos de trabajo t�cnicos todav�a est�n perfilando los detalles de lo que el primer ministro ha trasladado a sus asesores: la reorientaci�n de una econom�a y una sociedad dominadas durante medio siglo por EEUU.Ante los l�deres europeos, Carney ha llegado a plantear que Canad� adopte un nuevo estatus: "Miembro Asociado de la Uni�n Europea". La UE, poco propensa a la flexibilidad a la hora de aplicar sus normas de adhesi�n, est� abierta a la idea, seg�n altos cargos de ambas partes.Junto a los emisarios oficiales de Carney se encuentran asesores informales procedentes del mundo financiero y pol�tico. Varios de ellos son compa�eros de un club de lectura en Ottawa al que �l ya no tiene tiempo de asistir y bromean diciendo que se rigen por las normas de la pel�cula El club de la lucha: "La primera regla del Club de Lectura —comentaron varios al Journal— es que no se habla del Club de Lectura".El resultado de meses de conversaciones: las autoridades europeas y canadienses buscan f�rmulas para que Canad� se acople de manera informal al mercado �nico europeo, valorado en 21 billones de d�lares, en cadenas de suministro estrat�gicas como la energ�a, la inteligencia artificial, los minerales cr�ticos para bater�as y semiconductores y, con car�cter m�s urgente, la defensa.En la pr�ctica, los bienes, servicios y trabajadores canadienses de estos sectores podr�an llegar a circular sin trabas entre Europa y el vecino septentrional de EEUU, desdibujando los l�mites de las fronteras econ�micas de la UE. En las conversaciones con Francia, cuyo presidente, Emmanuel Macron, habla a menudo con Carney, se ha barajado incluso eximir de visado a los canadienses para vivir y trabajar en Europa, seg�n dos diplom�ticos al tanto de los contactos.Ambas partes negocian el tendido de cables submarinos para conectar Europa y Canad�, as� como la construcci�n conjunta de centros de datos, almacenamiento en la nube y nuevas redes de sat�lites al margen de los gigantes tecnol�gicos estadounidenses. Carney est� impulsando la instalaci�n de los gasoductos que Canad� necesita para redirigir el gas —habitualmente bombeado hacia la frontera estadounidense— a aliados europeos que todav�a tratan de reemplazar la energ�a rusa. Seg�n su visi�n, los rompehielos abrir�an una ruta en el �rtico para que los fertilizantes canadienses naveguen hacia el este a trav�s del Paso del Noroeste, que durante siglos atrajo a exploradores a los mares polares.Canad� y la UE pretenden asimismo interconectar sus instituciones de investigaci�n para crear una red de producci�n cient�fica capaz de competir con el sistema universitario estadounidense. Carney tambi�n insiste en sumarse a los programas de intercambio estudiantil de la UE, con la esperanza de que una generaci�n de europeos y canadienses curse estudios universitarios en ambos territorios.El alcance global de las conversaciones, a menudo atascadas en detalles t�cnicos como los c�digos de las normas de origen europeas, apenas ha tenido impacto en la Casa Blanca. Sin embargo, supone una de las respuestas mundiales m�s determinantes —y arriesgadas— a la segunda presidencia de Trump. Canad� env�a dos tercios de sus exportaciones a trav�s de la frontera terrestre m�s larga del mundo. Ambos pa�ses han sido los dos pilares de la alianza econ�mica y geoestrat�gica conocida como Occidente, y la Casa Blanca apuesta a que sus interdependencias obligar�n a Canad� a volver a la mesa de negociaci�n, concesiones mediante.Carney —que estudi� en Europa, conoci� a su esposa en el Reino Unido y dirigi� el Banco de Inglaterra durante siete a�os— plantea una contraapuesta: reorientar hacia el Viejo Continente al pa�s que un d�a se llam� Norteam�rica Brit�nica."�No ser�a maravilloso que Canad� fuera el vigesimoctavo Estado miembro de la Uni�n Europea en lugar del estado 51 de Estados Unidos?", plante� el presidente finland�s, Alexander Stubb, interlocutor habitual de Carney.Cualquier nueva alianza se enfrenta a posibles escollos. Aunque la popularidad de Carney es actualmente enorme, su respaldo interno podr�a erosionarse a medida que los canadienses asimilen las consecuencias reales de este realineamiento. Inmerso en tensiones con los separatistas de Alberta y Quebec, el Gobierno de Ottawa podr�a resistirse a ceder cuotas de soberan�a para vincularse a la UE. Los pa�ses cuyas empresas disfrutan de pleno acceso al mercado �nico contribuyen al presupuesto comunitario, acogen a sus trabajadores y acatan su normativa. Adem�s, a Europa le resultar�a muy dif�cil absorber el volumen comercial hacia el sur que en su d�a consagr� el TLCAN (NAFTA), m�xime con una econom�a que crece a la mitad del ritmo que la estadounidense."A medida que EEUU reduce su papel como consumidor global de �ltimo recurso, no est� claro que Canad� o la UE est�n en condiciones de asumir ese papel para absorber la producci�n mutua", apunt� un diplom�tico estadounidense.En foros privados, varios de los principales mandatarios europeos han expresado su preocupaci�n por aterrizar las ambiciones de Carney a la realidad. Diez pa�ses europeos todav�a no han ratificado el acuerdo comercial previo con Canad� alcanzado hace una d�cada.En sus reuniones, los responsables comunitarios han tratado de averiguar si sus interlocutores canadienses los est�n utilizando como moneda de cambio en sus negociaciones con Washington. Con las heridas del Brexit a�n abiertas, no pueden ofrecer a Carney condiciones tan ventajosas que inciten a otros miembros a sopesar una salida para exigir un estatus similar al canadiense.Aun as�, parte de la diplomacia europea empieza a ver al pa�s de la hoja de arce como un banco de pruebas para comprobar si su c�lebre maquinaria burocr�tica es capaz de ofrecer f�rmulas de integraci�n nuevas y m�s flexibles para democracias afines que buscan socios fiables. A principios de esta semana, altos cargos de la UE informaron a los embajadores europeos en la torre acristalada de Bruselas conocida popularmente como "el Huevo del Espacio". El mensaje fue claro: si las negociaciones fructifican, Canad� mantendr� un v�nculo m�s estrecho con el bloque que ning�n otro pa�s de fuera de Europa.El jueves, Carney intervendr� ante el Parlamento Europeo para desgranar su plan de conexi�n con Europa. Poco despu�s, ambas partes anunciar�n la creaci�n de nuevos grupos de trabajo en una cumbre bilateral con el fin de transformar las ideas en proyectos concretos.Periodistas de The Wall Street Journal hablaron con autoridades de una docena de gobiernos involucrados en los contactos, quienes dibujaron a grandes rasgos la figura de un primer ministro cuyas ambiciones —"hacer a Canad� europea de nuevo", bromeaban algunos— van m�s all� de lo que Carney ha revelado p�blicamente. Aunque hay numerosos obst�culos que sortear, las instituciones europeas consideran factible que las principales empresas canadienses queden blindadas durante d�cadas como proveedoras del mercado �nico. Pese a recalcar que no ocultan nada a la Casa Blanca, ambos lados comparten un creciente recelo hacia EEUU y sus gigantes tecnol�gicos: en ambos bandos hay quien ha dejado de utilizar discretamente plataformas estadounidenses como Gmail o WhatsApp."Se trata de un cambio tect�nico a base de grupos de trabajo y burocracia. Es terriblemente poco glamuroso, pero a la vez sumamente trascendental", asegur� un diplom�tico canadiense que participa en las conversaciones.Regreso al futuroEl viraje de Canad� hacia Europa supone un regreso al pasado para un pa�s que, en v�speras de la Segunda Guerra Mundial, comerciaba m�s con Europa que con Estados Unidos. Sus ciudadanos de mayor edad crecieron como s�bditos brit�nicos; los angl�fonos le�an a cl�sicos de las letras inglesas como John Buchan, el novelista escoc�s que lleg� a ser el decimoquinto gobernador general de Canad�. Por descontado, los francocanadienses manten�an sus propios v�nculos con Europa."En aquella �poca, los canadienses pod�an ser norteamericanos los lunes, mi�rcoles y viernes, mientras que los dem�s d�as de la semana formaban parte de la red brit�nica de naciones, benefici�ndose de ambas cosas", afirma Norman Hillmer, uno de los mayores expertos en relaciones norteamericanas.Canad� emergi� de la contienda dentro de un nuevo orden comercial global estructurado en torno al motor econ�mico de Estados Unidos. Mientras Gran Breta�a y Europa se centraban en reconstruir sus econom�as devastadas y se desprend�an de sus imperios coloniales, el empresariado canadiense mir� al sur, seducido por la pujante sociedad de consumo y la fuerza del d�lar. Hacia 1950, el 65 % de las exportaciones canadienses iban a parar a Estados Unidos y solo el 15 % al Reino Unido.Las universidades estadounidenses se convirtieron en la cantera de una nueva �lite canadiense cuyos padres se hab�an formado en claustros brit�nicos; a finales de los a�os sesenta, esos mismos campus impulsaron una contracultura nacida de la guerra de Vietnam que desconfiaba del poder�o estadounidense.La inercia de la asimilaci�n estadounidense se vio interrumpida fugazmente cuando Richard Nixon fij� un arancel del 10 % a todas las importaciones para estabilizar el d�lar tras el fin del patr�n oro. El primer ministro canadiense Pierre Trudeau reaccion� prometiendo estrechar el comercio con el mercado com�n europeo y su miembro m�s reciente, el Reino Unido. La iniciativa apenas dio frutos y qued� completamente orillada cuando su sucesor conservador, Brian Mulroney, gan� las elecciones de 1984 y empez� a coordinarse con Ronald Reagan en lo que terminar�a convirti�ndose en el TLCAN. Los canadienses recelosos de la integraci�n de las dos mayores econom�as del continente luc�an chapas en las que se le�a: "Estado 51: Mulroney a gobernador".El TLCAN transform� por completo la sociedad canadiense. Al filo del nuevo milenio, los lazos con Europa se hab�an debilitado, en especial tras la llegada de nuevas oleadas de inmigrantes procedentes de Asia y el Caribe. A las puertas de la crisis financiera de 2008, la econom�a estadounidense se integraba a tal velocidad con las de sus vecinos que varios parlamentos estatales de EEUU se vieron impulsados a aprobar resoluciones contrarias a una "Uni�n Norteamericana" provista de una divisa �nica al estilo del euro.Ese mismo a�o, el Banco de Canad� design� como nuevo gobernador a Mark Carney, de 42 a�os, curtido en las �lites de ambas orillas del Atl�ntico, graduado por Harvard y casado con una brit�nica que conoci� en Oxford, donde ambos jugaban al hockey sobre hielo.La severa recesi�n subsiguiente convenci� al banquero central de que la econom�a mundial se hab�a vuelto excesivamente dependiente de EEUU y de su moneda de reserva. Ya como gobernador del Banco de Inglaterra, defendi� la necesidad de que los pa�ses de tama�o medio encontraran o crearan una alternativa al d�lar. Por entonces, Londres se desvinculaba de la UE, lo que supuso un ir�nico curso intensivo de burocracia comunitaria para un tecn�crata que ahora intenta guiar a Canad� en sentido inverso.Cuando Carney opt� al cargo de primer ministro, el Partido Liberal llevaba una d�cada en el poder y arrastraba una desventaja de 25 puntos en las encuestas. La tendencia se revirti� casi de inmediato en cuanto Trump empez� a amenazar con convertir a Canad� en el estado n�mero 51.La semana pasada, Trump public� una imagen creada con inteligencia artificial en la que aparec�a de pie frente a Carney empu�ando un palo de hockey y con un bocadillo que rezaba: "�Arriba, gobernador!". Carney ha calificado las tensiones bilaterales como "una fractura, no una transici�n", advirtiendo a los canadienses de que las profundas mutaciones pol�ticas detonadas por Trump sobrevivir�n previsiblemente a su mandato."Es el fin de la historia de m�s de un siglo de estrecha cooperaci�n entre Estados Unidos y Canad�", sentencia Hillmer.M�s peces en el marA los pocos d�as de asumir el poder, el equipo de Carney comenz� a cartografiar los acuerdos suscritos con la UE por el Reino Unido, Noruega, Suiza y la exrep�blica sovi�tica de Georgia al margen de la adhesi�n plena. Elaboraron una lista de 36 funciones de cooperaci�n entre pa�ses —como el intercambio de inteligencia o la armonizaci�n regulatoria— y se�alaron aquellos �mbitos en los que Europa y Canad� pod�an avanzar juntos.En conversaciones con mandatarios europeos a los que conoc�a de su etapa en la banca central, Carney fue madurando propuestas de calado que iban muy por delante de lo que contemplaba la mayor�a de los altos cargos europeos. Surg�an nuevas ideas de sus charlas con miembros de su club de lectura, el c�rculo exclusivo de figuras destacadas de los negocios y la pol�tica que compart�an afinidades en torno a novelas breves para las que lograban sacar tiempo.Muchos de ellos hab�an residido en Europa mientras estudiaban en Oxford o la London School of Economics, y hab�an forjado amistad al coincidir sus hijos en los mismos colegios y campamentos de verano. Uno de los integrantes recurri� a una met�fora sentimental para describir la geopol�tica del primer ministro: "Los canadienses deben entender que hay m�s peces en el mar aparte de Estados Unidos".Sin embargo, cuando Carney nombr�, en octubre, al veterano diplom�tico John Hannaford enviado especial del primer ministro para Europa, la presidenta de la Comisi�n Europea, Ursula von der Leyen, tard� m�s de dos meses en designar a su hom�logo, el neerland�s Joost Korte, con tres d�cadas de trayectoria en el organismo comunitario. Varios mandatarios europeos, entre ellos la primera ministra conservadora italiana Giorgia Meloni y el brit�nico Keir Starmer, tem�an provocar a Estados Unidos, seg�n confirmaron diplom�ticos europeos y canadienses.Dos acontecimientos —la tentativa de Trump de hacerse con el control de Groenlandia y su ofensiva militar contra Ir�n— empujaron a m�s l�deres europeos a secundar la l�gica y la urgencia de Carney. En contacto permanente ya con Stubb, Macron y el primer ministro noruego Jonas St�re, el mandatario canadiense intensific� los contactos con figuras m�s pr�ximas a Trump, como la propia Meloni. Al principio, ella se mostr� cauta para no indisponerse con el presidente estadounidense. Pero despu�s de que Trump colgara en mayo una imagen generada por IA en la que aparec�a caracterizado como papa, asegurando adem�s que Meloni le hab�a suplicado una foto juntos, la dirigente cambi� de actitud. Ahora habla con m�s frecuencia con Carney que con Trump, de acuerdo con fuentes comunitarias.Hacia el verano, la diplomacia canadiense y la europea aceleraron los contactos a trav�s de m�ltiples cauces paralelos. En los m�rgenes de las reuniones preparatorias del G7, en Toulouse, ambas delegaciones esbozaron un esquema de "11 bloques prioritarios" para afianzar la colaboraci�n y atenuar la dependencia respecto a las tecnolog�as, el material b�lico y el comercio de EEUU.Antes de la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno del G7 en Evian, Carney se reuni� con Macron en Par�s; los diplom�ticos franceses salieron del encuentro at�nitos por la rapidez con la que quer�an avanzar los canadienses. "De repente, todo se aceler� hacia una cooperaci�n a gran escala en much�simos �mbitos", reconoci� un diplom�tico galo.Carney manten�a ya intercambios fluidos con el canciller alem�n Friedrich Merz, a quien conoc�a del sector financiero, mientras ambos culminaban las negociaciones para la adquisici�n por parte de Canad� de submarinos alemanes por valor de 25.000 millones de d�lares.En julio, en la cumbre de la OTAN en Ankara, ambos mandatarios exhibieron el pacto frente a una maqueta del submarino de un metro de longitud, trasladada en avi�n a la capital turca por las autoridades alemanas y envuelta en una funda protectora que, en palabras de un responsable presente, recordaba a un sarc�fago egipcio. Cuando un fot�grafo se�al� la maqueta a los l�deres, Carney brome� diciendo que �no la hab�amos visto por las avanzadas propiedades furtivas� del buque.Tras la comparecencia en tono sombr�o en la que Carney explic� la ruptura del di�logo con Estados Unidos y reproch� a Washington haber cambiado las reglas de juego a �ltima hora, Merz se puso en contacto con el dirigente canadiense.Mientras Trump firmaba una orden ejecutiva para rebautizar el lago Ontario como "lago Am�rica", los diplom�ticos canadienses se encontraban en Berl�n celebrando una jornada de reuniones sobre defensa."Esto es Canad� dejando de verse a s� misma como una naci�n norteamericana para asumirse como una naci�n transatl�ntica", concluy� un alto cargo canadiense. "Los canadienses sonamos como los estadounidenses y vestimos como los estadounidenses, pero como sociedad somos mucho m�s europeos".Contenido con licencia de The Wall Street Journal. Traducido del ingl�s por N. L�pez