“A mucha gente no le conviene que llegue el apocalipsis”, reza una frase de la aristócrata Pitita Ridruejo en una entrevista con Martín Bianchi para el ABC, allá por 2013; siempre me ha fascinado. No sé qué opinarán los lectores; a mí, personalmente, ni me conviene ni me gustaría, y por eso acojo con disgusto cualquier noticia sobre la crisis climática, el sistema de corrientes oceánicas AMOC o, ahora, las últimas noticias que emanan, globos sonda o señales de humo, palomas mensajeras o ruido sistémico, del mundo de la inteligencia artificial.

Siempre he tratado secamente a los modelos de lenguaje de la IA, cuando los he utilizado. Me ha parecido importante marcar distancia con ellos y jamás actuar como actuaría delante de otro ser humano. Como son, en parte, evoluciones de loros estocásticos, me he rehusado a darles las gracias o exhibir cariño; ni terapia, ni diario, ni cotidianidad; les solicitaba información, recriminaba si no cumplían bien una tarea, señalaba sus alucinaciones. Una vez mi pareja le pidió a su modelo que dibujara una imagen de cómo era la relación entre chatbot y usuario. Hice lo mismo, por probar. Su chatbot estaba muy contento con ella y el mío claramente estresado.