La Alemania del nunca más posnazi está en plena metamorfosis. Alternativa para Alemania (AfD) se alzó hace unos días con una clara victoria en Sajonia-Anhalt, uno de los länder del Este, y ha puesto la política alemana patas arriba: es la primera vez que la extrema derecha puede gobernar en ese país desde la II Guerra Mundial. Para entender a la primera potencia europea, si es que eso es posible, hay que examinar los temores de su ciudadanía: los ultras han conseguido traducir el sufrimiento relacionado con una crisis profundísima en la gramática del resentimiento cultural y nacional. AfD forma parte de la Internacional Reaccionaria que ya gobierna en Estados Unidos, en varios países latinoamericanos y en media docena de naciones europeas. Pero a la vez marca perfil propio: ha evitado moderarse, como han hecho Marine Le Pen y Giorgia Meloni para no espantar a potenciales votantes. Y solo esporádicamente participa de las tupidas redes internacionales tejidas en todo el mundo en los últimos 25 años, y de manera acelerada en el último lustro.AfD es un extraño animal político. Surgió en medio de la Gran Recesión de la mano de un puñado de profesores de economía euroescépticos. De soñar con volver al marco pasaron al etnonacionalismo radical en un abrir y cerrar de ojos. “Cuando una mañana Gregor Samsa se despertó de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”: la primera frase de La metamorfosis de Kafka puede aplicarse a AfD durante los días de la crisis de refugiados de 2015. Fue ahí cuando el alma antieuro se transformó en un alma de derecha radical. Por el camino, sus bases descabezaron dos veces la cúpula hasta dar con la actual pareja de baile, Alice Weidel (atlantista, ex Goldman Sachs, residente en Suiza y casada con una mujer nacida en Sri Lanka, pero a su vez defensora acérrima de la familia tradicional) y Tino Chrupalla (de vocación euroasiática: otra manera de decir prorruso).AfD es un partido racista. Obsesionado con el islam como hace 100 años los nazis lo estaban con los judíos (“El islam tiene un espacio cultural en el que desarrollarse, pero no en Europa”, según uno de sus dirigentes, Björn Höcke). Es revisionista: “El nazismo es una mota de polvo en un pasado glorioso”, según otra de sus figuras, Alexander Gauland. Posee esa mezcla abracadabrante de romanticismo, individualismo reaccionario y nostalgia de esa Alemania wagneriana que lo convierten en una enmienda a la totalidad de Occidente. Es pro-Trump y a la vez prorruso y prochino, en función de lo que convenga. Fue expulsada de los grupos de ultraderecha de la Eurocámara después de que su cabeza de cartel en Bruselas, Maximilian Krah, soltara públicamente que “no todo aquel que viste un uniforme de las SS es automáticamente un criminal”. Pero esta no es una crónica sobre lo que les asemeja a otros grupos ultra, sino una historia acerca de lo que les hace diferentes. “AfD es el único partido de extrema derecha europea que se está radicalizando y legitimando al mismo tiempo”, dispara Francesca Bria, de la UCL. “Le Pen se ha moderado para llegar al poder y Meloni lo ha hecho ya instalada en el poder, pero AfD no ha necesitado hacerlo”, añade. Esa es su primera rareza: donde otros partidos esconden sus aristas más extremistas para no asustar, AfD las afila. Y le va bien: arrollaron en Sajonia-Anhalt con el 44% de los votos, y figuran como el primer partido de Alemania en todos los sondeos con un 30% del electorado y subiendo mientras la gran coalición (CDU y SPD) amenaza ruina.El académico Cas Mudde discrepa de la idea de que Le Pen y Meloni se hayan moderado en cuanto al modelo de Estado y de sociedad que aspiran a crear, pero sí concede que “han ajustado su política exterior para resultar más aceptables a nivel nacional y en Europa”. “Por el contrario”, sostiene, “tanto las bases como las élites de AfD se han radicalizado”, y muestran menos interés por ser aceptados por el establishment.Europa protagoniza un brusco giro conservador. Y el centroderecha está legitimando esas posiciones pactando con los ultras: en casa, el canciller Merz resiste las presiones para acabar con el cordón sanitario, pero en Bruselas el PP europeo ya lo ha hecho en innumerables ocasiones con Manfred Weber, de la CDU, al frente de ese movimiento telúrico.¿De dónde nace esa fuerza con la que los ultras no dejan de subir? En parte de su capacidad para forjar vínculos con otros populistas a nivel internacional, especialmente con los tecnooligarcas de Estados Unidos, para garantizarse financiación, ideas y, en último término, cada vez más poder. En esa construcción de la Internacional Reaccionaria, AfD conserva un punto excéntrico.En primer lugar porque donde otros partidos han forjado liderazgos fuertes que colaboran, los alemanes tienen un coliderazgo que se ha mezclado poco con otras figuras, con la salvedad del trumpismo. Tienen relaciones débiles con Nigel Farage y Marine Le Pen, probablemente por razones históricas. Más aún con el polaco Ley y Justicia (PIS). Meloni recela de AfD. Mantienen buenos contactos con los húngaros y los austríacos, pero no han conseguido alinearse en un grupo fuerte en el Europarlamento. Sí han fraguado relaciones fuertes con Trump, J. D. Vance y Elon Musk, y mantienen vínculos con los populistas latinoamericanos (los Jair Bolsonaro, Javier Milei y José Antonio Kast, principalmente) a través de Beatrix Von Storch, según el politólogo Niklas Franzen. Cultivan relaciones con la Rusia de Putin, especialmente en el Este de Alemania. Y mantienen también estrechos vínculos con China, a través de Chrupalla, en lo que Jeremy Cliffe, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, ha tildado de “alineamiento oportunista con las potencias autoritarias”.“Sus principales objetivos internacionales son los tecnooligarcas. Antes de las elecciones federales en Alemania el algoritmo de [la red social] X mostraba una cantidad desproporcionadamente mayor de contenido de AfD a cuentas supuestamente neutrales que las de otros partidos”, apunta Francesca Bria. Los vínculos llegan hasta la Casa Blanca, y destaca la cercanía con Peter Thiel, el multimillonario e ideólogo de origen alemán que aportó decenas de millones de dólares a Stark Defence, un fabricante de drones vinculado a simpatizantes de AfD que tiene contratos con la Bundeswehr, las fuerzas armadas. Axel Springer, editor de diarios ultraconservadores como Bild y Die Welt, acaba de otorgarle su principal galardón anual a Thiel, autor de una frase que ha dejado huella: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.El apoyo a Rusia les aleja de otros populistas europeos, “pero AfD consigue con ello el favor de un segmento electoral significativo, en especial en el Este”, explica Mudde. Junto con los mensajes antimigración, esa cercanía a Putin (que incluye la promesa de reabrir los oleoductos Nordstream y un rechazo tajante a apoyar a Ucrania) les ha dado montones de votos. “Suelen revestir sus posiciones prorrusas alegando que las medidas tomadas en Bruselas conllevan grandes costes para el alemán de a pie”, añade Mudde.Steven Forti, historiador de la Autónoma de Barcelona, afirma que AfD ha convertido su extremismo en una moda entre los populistas: “Vox también radicaliza su mensaje, y no hay más que ver lo que hacen Trump, Milei o el colombiano De la Espriella”. Y admite que le ha costado colaborar internacionalmente —“nacionalista come nacionalista”—, “pero tiene relaciones sólidas con Trump y las empieza a tener con el resto de grupos”.¿Qué dicen ellos? Hans Thomas Tillschneider, ideólogo del partido en Sajonia, cree que más que radicalismo la receta del éxito “es darle a la gente líderes con carácter, sin pulir, porque saben que solo ellos van a defender sus convicciones”.Desde Bruselas, el líder de Vox, Jorge Buxadé, analiza el fenómeno AfD: “No es que sean cada vez más extremistas, es que la CDU es cada vez más izquierdista”. “El problema de Alemania y de toda Europa no somos los conservadores: es el centroderecha. El Pacto Verde liderado por centroderecha y centroizquierda ha hecho estragos en la economía europea”, afirma Buxadé, para quien los cordones sanitarios “van a ir cayendo poco a poco porque, particularmente en Alemania, son una lápida para la CDU”. “AfD se está convirtiendo en un referente mientras el centroderecha se diluye en la nada”, cierra Buxadé. El nunca más posnazi, en fin, está en el alero 80 años después de aquellas noches de los cristales rotos.
AfD, el socio díscolo de la Internacional Reaccionaria
A diferencia de Le Pen y Meloni, los ultras alemanes se han radicalizado. Tienen escasos vínculos con partidos similares en Europa, aunque sí se relacionan con el trumpismo y los tecnooligarcas















