La victoria de la extrema derecha en Sajonia Anhalt en las elecciones del pasado domingo, ha sacudido el tablero político alemán y ha puesto en alerta al resto de Europa, una vez más. No es ninguna novedad que las extremas derechas suban, e incluso ganen. Es un proceso que lleva en marcha muchos años, y que, a pesar de ello, sigue causando sorpresa y espanto. Más todavía porque ha ocurrido en Alemania, la cuna del nazismo, donde una formación que ha tonteado con algunas referencias de aquel episodio ignominioso de su propia historia alcanza hoy un apoyo popular sin precedentes. No es para menos la preocupación, pero de nada sirve el lamento si no se atiende a las causas de algo que va mucho más allá del propio país, y que se enmarca en un momento histórico en el que el fenómeno trasciende fronteras e impregna las nuevas sociedades y las políticas de nuestros tiempos.PublicidadHay muchos factores que explican el voto a una formación de estas características, y muchos de ellos sirven para explicar tanto lo de Sajonia, como lo de Francia, Italia o España. Porque la batalla de la ultraderecha es global y simultánea, más o menos coordinada y bebe de las mismos miedos, odios y ansiedades en todas partes. La desafección de los ciudadanos ante la política convencional de los grandes partidos, la austeridad y los recortes del Estado del bienestar, la falta de respuestas a sus problemas y su percepción de abandono, de falta de expectativas, el uso de las personas migrantes como chivos expiatorios, la normalización y estimulación de prejuicios y odios y la banalización del mal. Aunque no siempre se de todo esto a la vez, converge cada vez más y conforma una masa heterogénea de ciudadanos dispuestos a confiar en una formación filonazi que, creen, podría resolver sus problemas. Lo que está resultando más inquietante estos días es el proceso de blanqueamiento de esta formación y de sus propuestas, que no son nuevas ni únicas, pero que amenazan con institucionalizarse también en el país que urdió el Holocausto. Es normal que las derechas fuera de Alemania resten gravedad o nieguen las trazas nazis de este partido, ya que muchas de ellas ya han pactado con la extrema derecha para gobernar, o cada vez se asemejan más en sus discursos. No los van a llamar nazis si sus homólogos en sus respectivos países son sus socios de gobierno, porque sería reconocer que gobiernan con nazis.Pero de nada sirve demonizar a la extrema derecha si cuando se gobierna, los problemas no se solucionan y allanan el camino a los ultras, y luego se usa esta como espantajo para elegir entre lo malo y lo peor. Y menos todavía cuando pocas cosas pueden envidiar conservadores, liberales y algunos socialdemócratas que han comprado los marcos y las recetas de los ultras, sus excusas y chivos expiatorios para no tocar los cimientos del sistema que producen las precariedades que provocan tanta desafección que acaba capitalizando la extrema derecha. Fue en el uso de la etiqueta de nazis que se le ha puesto a AfD donde algunos han pretendido estancar el debate. No son nazis porque no estamos en los años 30. Tampoco lo son porque su lideresa ha rechazado el nazismo públicamente (acusando a los nazis de ser de izquierdas, de ser socialistas), y porque, además, es una ferviente defensora de Israel. Y también porque ella, Alice Weidel, es lesbiana y está casada con una mujer asiática con la que tiene dos hijos. Porque en 2026, para algunos, un nazi esperan que se presente con gabardina y brazalete de las SS. Obvian o desconocen que los herederos del nazifascismo llevan 50 años ya teorizando sobre cómo asaltar las instituciones vía democrática cambiando su retórica y su estética, librando una batalla cultural que normalice sus propuestas y que poco a poco éstas formen parte del sentido común. PublicidadEstas simplezas que se agarran al supuesto rigor histórico de no asemejar escenarios en tiempos y contextos diferentes, que entienden las ideologías y la política como textos sagrados y lenguajes inamovibles, irrepetibles e inmutables olvidan las propias contradicciones del nazismo y de los fascismos de hace cien años, capaces de decir una cosa y hacer la contraria, como ellos mismos reconocían y hoy, sus herederos ideológicos, siguen haciendo sin despeinarse. El fascismo es pura contradicción, hipocresía y engaño, pero parece que debamos ser los contrarios quienes tratemos de dotarlo de un rigor y unos márgenes que ni ellos mismos se creyeron nunca. Otros que están participando de este blanqueamiento son aquellos que se consideran izquierdistas y que comparten gran parte de las ideas de AfD, aunque les de vergüenza admitirlo. Estos han encontrado un puente llamado Sahra Wagenknecht y su partido BSW, que les permite cruzar a la otra orilla con el traje de izquierda. Este partido tiene ahora la llave para la gobernanza de la región, y ya ha anunciado que buscará puntos en común con AfD y normalizará una alianza y contranatura entre la ultraderecha y una supuesta izquierda. Sobre la mesa, para empezar, BSW ha puesto medidas sociales y un cambio de rumbo en la postura y el gasto militar ante la guerra de Ucrania, esto último defendido también por AfD. Lo demás, AfD lo puede asumir sin problemas mientras no se cuestionen sus propuestas racistas, y BSW no parece que vaya a disentir en este asunto. Admito y comparto tu racismo si a cambio me compras cuatro medidas socialdemócratas, de las que, por cierto, se excluye a los migrantes. Las excusas para apoyar estos entendimientos entre AfD y BSW son varias. La primera es acusar, con razón, al resto de partidos que podrían gobernar de ser parte del problema, de ser la vieja política a la que la mayoría de los ciudadanos ha dado la espalda. Eso es cierto, pero si la solución es apoyar o normalizar el fascismo, esta supuesta izquierda tiene un problema. Otra excusa es la geopolítica, la postura de ambos partidos ante la invasión de Ucrania, contrarios a seguir la política de rearme, el enorme gasto militar y las sanciones contra Rusia, asuntos que han sido usados para implementar más políticas de austeridad y más medidas autoritarias. PublicidadMás allá de esta crítica razonable a lo que implica la participación en una guerra y el papel de la Unión Europea y la OTAN en esta, hay también ciertas simpatías hacia el régimen de Putin por parte de ambas formaciones, algo que no han escondido ni ellos ni sus defensores. Simpatías que cada uno defiende a su manera. Unos, por ser un régimen ultraconservador, y otros, por su papel en la geopolítica contra la OTAN y por oponerse a todas las miserias que los atlantistas arrastran en su política internacional. Sea cual sea el motivo de sus simpatías, es también un punto en común que, para ellos, justifica la alianza entre la ultraderecha y este engendro de la izquierda. La licencia de llamar nazi a la nueva ultraderecha no es más que eso, una hipérbole, un adjetivo punzante que concentra las esencias de un germen que toma el cuerpo del portador, lo infecta y lo pudre. Y aunque el debate lingüístico o politológico sea una charca donde algunos disfrutan chapoteando y otros insisten en que nos metamos para dejar de atender la evidente relación entre lo de antaño y lo de hoy, la realidad es que la definición de AfD como nazi, como fascista o como la resurrección de aquel germen que Europa conoce bien no es exagerada ni inoportuna. Es quizás lo que nos haga prestar atención a lo que subyace en toda esta nueva etapa política. Y lo que deberían recordar quienes hoy minimizan su peligrosidad y los legitiman buscando puntos de encuentro.
Desnazificar a AfD
La batalla de la ultraderecha es global y simultánea, más o menos coordinada y bebe de las mismos miedos, odios y ansiedades










