Hoy, 12 de septiembre se cumplen 100 años del nacimiento de Germán Sánchez Ruipérez. Sorprende el silencio que, hasta ahora, rodea el centenario de quien transformó el libro escolar en España, construyó uno de los mayores grupos editoriales en español y dedicó después buena parte de su fortuna y de sus últimos 30 años a investigar algo entonces remoto: cómo leeríamos en el futuro.Nació en Peñaranda de Bracamonte en 1926, hijo de un librero e impresor y de una maestra. A los diez años, la Guerra Civil irrumpió en la familia: sus padres fueron encarcelados por sus ideas republicanas y él quedó, con hermanos y primos, al cuidado de su abuelo materno, Higinio Ruipérez, natural de Valoria la Buena y a punto de cumplir 80 años. De él conservaría este consejo: “Haz en la vida lo que creas conveniente, pero trata de ser siempre el número uno, aunque sea como barrendero”.A los 15 años, el futuro fundador del Grupo Anaya empezó casi desde el suelo. En la Librería Cervantes de Salamanca empezó barriendo con serrín para no levantar polvo. Quería estudiar Medicina, pero las necesidades familiares lo llevaron al negocio paterno. Se formó por su cuenta: su universidad empresarial fueron los libros y el mostrador.Ya de niño había dado alguna señal. Su prima Matilde Garzón Ruipérez recordaba que cobraba a primas y hermanas por reparar sus muñecas si se estropeaban: una elemental compañía de seguros doméstica. En la familia se recordaba también que intercambiaba problemas de matemáticas resueltos por pan blanco. Anécdotas familiares, pero coherentes con el empresario posterior.El salto decisivo llegó cuando comprendió que una editorial no se construye solo con capital: se construye con conocimiento. En la Salamanca universitaria de los cincuenta conoció a Fernando Lázaro Carreter, uno de sus grandes amigos y pilar intelectual de Anaya. Su hermano Martín Sánchez Ruipérez, helenista y catedrático de la Universidad de Salamanca, formaba parte de aquel selecto ecosistema académico, junto con Evaristo Correa Calderón, Gustavo Bueno o Virgilio Bejarano, que dio rigor universitario a unos manuales llamados a cambiar el libro escolar español.Sánchez Ruipérez había descubierto una fórmula que repetiría toda su vida: atraer a personas mejores que él en aquello que necesitaba hacer y conseguir que asumieran el proyecto como propio.Cuando la Ley General de Educación de Villar Palasí generalizó la EGB en 1970, Anaya ya estaba preparada para dicho reto. Frente al viejo modelo memorístico de la Enciclopedia Álvarez, Anaya disponía ya de autores prestigiosos y una concepción pedagógica más moderna. Millones de españoles estudiamos con aquellos libros.La misma intuición la aplicó a la tecnología. En 1985 creó Anaya Multimedia e incorporó a Marcel Coderch, doctor por el MIT, para impulsar su transformación tecnológica. Coderch fue también responsable de la infraestructura de El Sol, lanzado en 1990 con una redacción completamente informatizada.A raíz de sus proyectos de El Sol y Telecinco, Fernando Lázaro Carreter consideró que la política no figuraba entre sus mejores capacidades, y lo definió como “tenaz, valiente, con una sangre fría que estremecía y una capacidad de futuro sin la cual casi nadie triunfa”.En 1981 había creado la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Antonio Basanta, incorporado en 1980, fuedurante 32 años uno de sus colaboradores más próximos, con responsabilidades directivas en Anaya y la fundación. Participó en una concepción más amplia de la lectura: no solo leer palabras, sino interpretar imágenes, tecnologías y un mundo crecientemente multimedia.Con Basanta recorrió Madrid en 2001 buscando el lugar para su último gran proyecto. Lo encontraron en unas antiguas naves de Matadero todavía rodeadas de escombros. Allí surgiría Casa del Lector. Para dirigirla eligió al exministro de Cultura César Antonio Molina. Para transformar aquellas naves en un centro dedicado al futuro de la lectura recurrió al arquitecto y profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Antón García-Abril, y posteriormente catedrático del MIT. García-Abril recordó la capacidad de Sánchez Ruipérez para “arrastrarlos a todos a su mundo”.La expresión resume una trayectoria: Lázaro Carreter, Coderch, Basanta, Molina, García-Abril; épocas y disciplinas distintas, una misma habilidad para reconocer talento y convertirlo en equipo. Siguió anticipándose incluso lejos de Anaya. En 2006 abrió en Peñaranda el Centro Internacional de Tecnologías Avanzadas. A los 80 años continuaba utilizando nuevos dispositivos y preguntándose porInternet y el libro electrónico. En 2011 lo resumió: “Internet consolida el sueño de Gutenberg”. No veía la tecnología como amenaza para el libro, sino como una posibilidad para multiplicarlo.Existe además un dato familiar poco conocido. Una investigación genealógica realizada por Leticia Insúa Castro ha reconstruido, a través de la familia Ruipérez, el parentesco entre Germán Sánchez Ruipérez y Amancio Ortega, ambos descendientes directos del valoriano Joseph Ruipérez González. Dos empresarios españoles de dimensión internacional vinculados por sus raíces familiares a Valoria la Buena y, cada uno a su manera, al mecenazgo mediante sus fundaciones.Escribo sobre Germán Sánchez Ruipérez desde una perspectiva académica, pero también familiar: era mi tío carnal, hermano de mi padre, Martín Sánchez Ruipérez. No tuvo hijos. La imagen que permanece en mi memoria no es solo la del gran editor o el mecenas, sino la de una curiosidad casi incontenible ante lo nuevo y una gran generosidad con los suyos.Vendió Anaya en 1998. Podría haberse retirado. Prefirió preguntarse qué vendría después. Había dicho alguna vez: «Anaya será una anécdota en mi vida». Puede parecer paradójico en quien creó uno de los grandes grupos editoriales españoles, pero acaso explique mejor que ninguna otra frase su personalidad.Cien años después de su nacimiento, Germán Sánchez Ruipérez merece ser recordado no solo porque ayudó a transformar los libros con los que varias generaciones aprendimos y seguimos aprendiendo. sino también porque, mientras los demás leíamos aquellos libros, él ya estaba intentando imaginar cómo leeríamos los siguientes.