En la última edición de Tefaf, la feria de antigüedades más importante del mundo, el público hizo cola para observar, con la ayuda de una lupa, uno de esos objetos insólitos que constituyen una categoría aparte. Es la obra que aparece en la imagen bajo este párrafo. Se trata de una vista de la ciudad de Madrid elaborada en 1740 por un artista, Nicolas Engelbert Cetto, que vivía en una localidad bávara y nunca visitó Madrid. Lo asombroso es que está realizada en cera: durante meses, Cetto se dedicó a crear esta demencial composición en miniatura que, si se observa con una lente de aumento, desvela incluso inscripciones que indican, como si se tratara de un mapa turístico, los principales edificios de la ciudad ligada al rey de Nápoles, el futuro Carlos III, que recibió esta obra, junto a otras tres, como regalo por sus bodas con María Amalia de Sajonia.Es más que una rareza. “Cuando la adquirimos nos pasamos un año investigando todas las referencias iconográficas, la historia de la pieza”, cuenta Laura Kugel, que en la imagen posa ante esta obra. “Es una pieza de museo, y no me gusta usar esta expresión a la ligera, porque no todos los objetos extraordinarios o bien hechos tienen por qué acabar en un museo, pero esta tiene una técnica única que solo dominaron un padre y su hijo: el padre se dedicaba a hacer pequeñas escenas de caza o religiosas, y el hijo aprendió la técnica pero la transformó en algo mucho más delirante, como esto. Murió a los 33 años, sin aprendices ni descendientes. La técnica murió con él. Tiene algo de juego infantil y de locura. Su precio, por supuesto, está a la altura de este carácter único. Pero, más allá de quien lo compre, es una obra interesante para cualquier persona”. El relieve, que por supuesto está a la venta, es el único de la serie que hasta ahora estaba en manos privadas. Hace dos décadas, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid adquirió los otros tres relieves de Cetto. Pero este no ha vuelto al mercado hasta ahora. Podría terminar en Madrid, con el resto, “pero también podría acabar en la otra punta del mundo”, aclara Kugel. Desde hace cinco generaciones, su familia se dedica a las antigüedades, primero coleccionando relojes en Rusia y, desde 1924, en París. El abuelo de Laura comenzó a vender orfebrería antigua en un local del centro de París pero pronto vio que los muebles y el arte tenían más posibilidades. Sin embargo murió en la cumbre de su carrera, en 1985, y sus hijos, Alexis y Nicolas, que apenas tenían 20 años, aprendieron a marchas forzadas. “Mi abuelo murió muy joven”, apunta Laura Kugel. “Mi padre y mi tío no pudieron aprender de él como maestro, pero sí tenían sus objetos. Y, mirándolos, comprendieron su filosofía, su gusto. Al principio, cuando se encontraban con un objeto, intentaban imaginar qué habría pensado su padre. ¿Lo habría comprado? ¿Le habría gustado? Así, lograron dar continuidad a esa visión”.La visión a la que se refiere es la que ha convertido a Kugel en una categoría aparte en el anticuariado contemporáneo: una mezcla de obras de arte, objetos dignos de figurar en gabinetes de curiosidades y, sobre todo, ejemplos de todas esas técnicas artesanales que vivieron su apogeo antes de la revolución industrial. Por eso su labor se centra, salvo excepciones, en piezas anteriores a 1820, cuando Europa empezó a llenarse de fábricas. Y su catálogo se nutre tanto de obras monumentales —por ejemplo, una mesa encargada por el cardenal Fesch, tío de Napoleón Bonaparte, a partir de un trozo de columna de pórfido de época romana— como de fascinantes rarezas en esmalte, ámbar o coral de Trapani. “Descubrir el objeto es lo más difícil”, cuenta. “Pasamos mucho tiempo estudiándolo. Si tenemos que esperar diez años para mostrarlo, podemos permitirnos ese lujo. Así que tampoco importa si no se vende inmediatamente. Cada objeto espera con paciencia a su próximo propietario”. En este ámbito, son comunes los precios de cinco, seis o siete cifras.Desde 2014 la galería ocupa un palacete construido en 1840 para el director de la Monnaie que albergó durante décadas la embajada española. El único interior que conserva intacta la decoración de la edad de oro de los hôtels particuliers del segundo imperio es el salón principal de la galería, donde conviven en gozosa promiscuidad y feliz anacronía consolas barrocas, sillas rococó, alfombras monumentales, mesas de pietre dure —el oficio de marquetería en piedra que dio fama a la Florencia medicea—, esculturas clásicas y bandejas de plata que recuerdan que, al principio, el establecimiento de la familia Kugel era un local al que las clases pudientes acudían en navidades para comprar orfebrería antigua. Pero eso fue antes de que el mercado de las antigüedades explotara: como recuerda Kugel, que se unió al negocio familiar hace una década, entre los años setenta y los noventa el anticuariado vivió años de euforia. Los precios estaban por las nubes y los coleccionistas competían entre sí para acumular objetos extraordinarios. “Había un entusiasmo general”, apunta Kugel. “Mi padre cuenta que una vez Yves Saint Laurent acudió a él con una imagen en que se veía a Marie-Laure de Noailles con una tabla llena de orfebrería, y le dijo: ‘Quiero lo mismo, la misma mesa, las mismas copas, todo’. Al cabo de dos o tres años, cuando consiguieron reunir el conjunto, él se echó atrás”. Los tiempos han cambiado. El mercado se ha reducido. Hay menos marchantes, y cada vez están más polarizados en torno a los objetos más asequibles o más valiosos. Kugel juega en esta segunda categoría. Cada dos años organizan exposiciones dedicadas a técnicas como el esmalte o el ámbar, y que reúnen piezas adquiridas cuidadosamente estudiadas. Sus catálogos, más que documentos comerciales, son monografías de museo. En mayo inauguró una exposición en David Zwirner, en Nueva York, para demostrar que un jarrón de alabastro de 1650 puede convivir con una obra de Gerhard Richter. “Para dedicarse a las antigüedades, y para coleccionar, es necesario divertirse. No hay que tomárselo a broma, pero hay que disfrutar y maravillarse ante piezas que nos sacan de lo cotidiano. Hablamos de objetos con precios importantes y que merecen estudio y rigor. Pero hay que acercarse a ellos con una cierta ligereza. A fin de cuentas, dedicarse a esto es una suerte inmensa”.