Hay cosas que desaparecen y, sin embargo, no se van. Quedan en un objeto hecho con telgopor, en una conversación que todavía resuena aunque nadie responda, en una figura de fieltro que parece a punto de ponerse en marcha, en el recuerdo de un maestro o en una amistad artística que tarda veinte años en encontrar su forma definitiva. Tal vez sea esa una de las maneras posibles de entrar a las cuatro exposiciones que conviven en W–galería: como quien entra en una casa donde diferentes tiempos han quedado encendidos al mismo tiempo. No hay una cronología que ordene las obras ni una única idea que las explique. Hay, en cambio, regresos, desplazamientos, esperas y filiaciones. Y una pregunta que aparece de distintas maneras: ¿qué hacemos con aquello que el tiempo no consiguió borrar? El caso de Enrique Mármora es quizás el más evidente. Marmoralia -con curaduría de Jimena Ferreiro- llega después de treinta y tres años de silencio expositivo. Treinta y tres años durante los cuales Mármora siguió haciendo cosas, pero no necesariamente aquello que se esperaba de un artista. Había pasado por El Rojas, había expuesto en los primeros años noventa, había formado parte de aquella escena que encontró en la intimidad, el gusto por lo decorativo, lo bastardo y lo aparentemente menor una forma de resistencia frente a la solemnidad de la época. Después, cuando apareció el mandato de convertirse en un artista profesional, decidió no obedecerlo. Se dedicó a la producción audiovisual, a la investigación tecnológica, al desarrollo de software y hardware, incluso a los videojuegos. Como si hubiera encontrado en otros lugares una manera de continuar haciendo lo mismo: experimentar, inventar, probar, equivocarse. Durante años, su obra quedó detenida en el tiempo mientras él seguía avanzando.